Una de las 300 esculturas submarinas de Jason deCaires Taylor a 12 metros de profundidad en la costa sur de Lanzarote, Bahía de Las Coloradas (Museo Atlántico)
«De noche ya, gritando mis ausencias,/buscaba yo en las playas las formas/que dejaban las chicas en la arena.»
Domingo López Torres
Cuando menos lo esperaban al amanecer de 11 de noviembre del 36, los pescadores que preparaban sus redes en la arena vieron aparecer quince cuerpos flotando a menos de trescientos metros de la Playa de La Laja en Las Palmas, junto al lugar de exterminio de la Marfea. Una inesperada marea del violento temporal rompió los sacos del apotalamiento (1), llevándolos la corriente lentamente hacia la costa como una fragata surrealista de la dignidad, cuando tendrían que haberse perdido en el abismo marino.
El obrero de la cofradía Cristóbal Molina me contaba en el 92 que se mantuvieron a distancia, fingiendo no afectarles aquel macabro espectáculo por el miedo a ser señalados por los fascistas, que más arriba junto al vetusto túnel de la carretera hacia el sur de la isla comenzaron a llegar en vehículos con decenas de falangistas que atónitos observaban con rostro de odio que su macabra operación les hubiera salido mal por el fenómeno meteorológico:
-Había también mujeres y hombres con batas blancas que parecían enfermeros o médicos- decía el viejo lobo de mar testigo directo junto a otros vecinos del barrio marinero que jamás olvidaron aquel suceso.
Durante toda la mañana estuvieron arrastrando a los muertos hasta dos camiones militares que se los llevaron al camposanto de Vegueta.
Luego los enterraron en la fosa común anotándolos en el registro cementerial como víctimas de un naufragio que jamás se produjo.
(1) Este término, desconocido para la mayoría de los canarios, fue usado tras golpe del 36 para referirse a las personas que hacían desaparecer lanzándolas al mar desde barcas o acantilados, metidas en sacos y con las manos atadas.
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