24 septiembre 2021

Cultivo de la platanera en la isla de Tenerife a principios del siglo XX (FEDAC)

«Todo lo que se come sin necesidad se roba al estómago de los pobres».

Eduardo Galeano

Los chiquillos solo buscaban comida en las plataneras de Verdugo, lo más que podían recolectar serían algunos plátanos, alguna ciruela medio madura, tal vez algún durazno primerizo, pero no imaginaron jamás aquel horror.

Barrigas enjilladas que necesitaban echarse algo a la boca, por eso salían cada día después del colegio a recorrer aquellos parajes sembrados del valle de Tamaraceite, llevaban un saquito pequeño, ahí echaban lo que iban encontrando, hasta huevos de perdiz, batatas de gamona, todo lo que pudiera servir para paliar un hambre que estremecía, que paralizaba el aliento, que generaba dolor en las gargantas cuando respiraban, ansiando masticar algo sólido y sabroso.

Aquella tarde marzo del 37 el cielo estaba oscuro como un mal presagio, acababan de fusilar a cinco hombres del pueblo, entre ellos su alcalde comunista, Juan Santana Vega, pero los niños inocentes, alegres iban entre los enormes racimos de plátanos todavía verdes, viendo los nidos de los mirlos, los enormes surcos, bromeaban entre ellos, corrían como gamos, como cachorrillos que asomaban al inmenso mundo desde la guarida de su madre.

Fue cuando Antonio Vega Travieso se agachó a recoger una papa medio enterrada en el barro, en ese instante sonó un disparo de escopeta, Pedrito «El chato» cayó al suelo redondo, el resto de amigos picados por los perdigones se revolcaban de dolor sobre la tierra recién regada.

Entonces apareció Feliciano el guardián y Juan Santo, el guardia falangista, asombrados porque el niño tenía los ojos cerrados, no respiraba y de su pecho brotaba sangre a borbotones.

Aquello no era la «Ley de fugas» que aplicaron tantos años en Los Giles sobre los rojos detenidos, era un niño de menos de diez años muerto, no era nada político, estaban defendiendo una puta propiedad de aquellos poderosos que ni se dejaban ver por el pueblo.

La escena era dantesca, los dos fascistas mirando sin hacer nada como se desangraba el pobre Toñato, el resto de pibes sentados alrededor como velándolo entre lágrimas, en ese momento empezó a caer una lluvia de gotas gordas con tierra africana, el desierto parecía exigir justicia allá tan lejos, al otro lado del mar.