25 noviembre 2020

Sangre de zafra

Risco Blanco, San Bartolomé de Tirajana. FOTO: NACHO GONZÁLEZ.

«(…) Que no entren las cuarterías
En sus salones dorados
Y es que el proletariado
No anda con boberías.

Es remedio meridiano
Contra el fracaso escolar
En las escuelas enseñar
A Francisco Tarajano.

Es cuestión de identidad,
Y también de señas nuestras,
Que maestros y maestras
Nos enseñen dignidad…»

Teodoro Santana (Homenaje a Francisco Tarajano Pérez).

«(…) En Casa Pastores teníamos que alimentarnos con los tomates podridos que tiraban al estercolero los encargados del Conde, vivíamos al día, trabajando de sol a sol y no te atrevieras a hacer alguna huelga porque te esperaba la más brutal tortura, que alguna Brigada del Amanecer te desapareciera, como desaparecieron a cientos que se atrevieron a ponerse en su sitio puño en alto y pecho descubierto. Eustasio López Santana era el capo de los mayordomos del amo, sabía bien como tratar a quien se saliera del plato y pegarle cuatro tiros en Risco Blanco, también era el que venía a buscar a las muchachas que se les antojaran a los caciques, el derecho de pernada era lo más normal en aquellos años 60, que el amo se follara a las chicas más bellas, las que crecían rápido a pesar de hambre, las que tenían más pecho o más culo. Lo cuento ahora y parece que te hablo de otro mundo, de algún lugar perdido del continente africano, pero en nuestra África isleña era lo mismo o peor. Estábamos en manos de los asesinos que nos explotaban trabajando sin seguro, sin contrato, sin horas libres, sin domingos sin más descanso que la mierda de la misa, solo latigazo si te salías del plato. Eustasio sabía bien como tratarnos, se movía en la camioneta de Antonio Bordón Trujillo, otro sicario del Condado. Llegaban, se bajaban del vehículo y se hacía el silencio, trabajábamos todos, hasta las niñas menores de nueve años. Se nos quedaban mirando con el garrote en la mano «por si había que romper algún pescuezo», decían, recuerdo a mi padre mirando de reojo pa nosotras por si alguna no hacía lo que había que hacer, mi pobre padre enfermo de cáncer, consumido, piel y huesos, no pasaba de los cuarenta kilos en la última fase, pero asustado de lo que nos pudiera hacer Eustasio y sus compinches de la Falange. Había que trabajar por nada, por un cacho pan, por la mierda de los tomates llenos de bichos, por dos putas pesetas que nos daban poniéndonos en fila los sábados al mediodía, allí venía la Condesa con las gafas redondas y se sentaba con su hija mayor, nosotras con la ropa sucia, rota, flacas de tanto hambre, descalzas, apestando a estiércol de cabra, ellas oliendo a colonia de Lavanda y con sus vestidos blancos. Aquel perfume nunca se me ha ido de la nariz, era como si bajaran por un momento de su paraíso y vinieran a recorrer el infierno. Yo me quedaba mirando pa su alteza, pero mi madre enseguida me hacía agachar la cabeza de un cogotazo por si se molestaba. Luego volvíamos a la cuartería y el olor era el de la miseria, como a carne podrida de miles de muertos, personas mayores, nuestras abuelas y abuelos tirados sobre el colchón de paja sin atención médica, simplemente esperando que murieran, nuestras hermanas y hermanos, los que habían nacido con retraso y por el hambre, pasaban toda la vida arrastrándose por el suelo como animales. Yo estudiaba de noche con una vela que se gastaba y me dejaba a medias, era la misma que mi padre ponía a fray Jacome Añeyse Colombo, por si se dignaba a darnos un milagro imposible. En la radio «La Ronda», peticiones de canciones desde todas partes, hasta desde la cárcel. El miedo rondando en la oscuridad de las aulagas, coches solitarios en la madrugada de falangistas buscando a quien matar, los nidos de las calandras en el suelo entre dos piedras, aquellos pequeños huevos que nos aliviaban más de una vez aquella fatiga constante, el mareo de tener la barriga vacía, los llanos del Sur, explanadas de pobreza y de miedo, la casa con goteras, con palma en el techo roto, la puerta siempre abierta sin cerradura, esperando que entrara quien quisiera llevarnos para siempre…»

Testimonio de Rosita Pérez Cabeza, vecina en su infancia de Casa Pastores, Santa Lucía de Tirajana, en los años del hambre y el genocidio.

Entrevista realizada por Francisco González Tejera, el 9 de diciembre de 2004, en la residencia geriátrica de La Garita.

Síguenos y comparte:
error14
Tweet 20
fb-share-icon20