22 enero 2022

Ser «Cañadulce»

«(…) Dime tú, mar, ahora ¿a qué naranja he de tender mi frente? ¿Debo arrancar de cuajo tus arenas, golpear tus rumores, escupir tus espumas, matar tus olas de gallina de oro que sólo ponen huevos de esperanza? La paz te he suplicado y me la niegas, mi ternura te ofrezco y no la quieres. Pero algo he de pedirte todavía: que no hagas naufragar a mi palabra ni apagar el amor que la mantiene. Aún mi mano en la mar, así lo espero».

Pedro García Cabrera (La esperanza me mantiene, 1959)

Much@s de quienes me leen no conocerán a Pepe «Cañadulce», fue un personaje exclusivo de Gran Canaria, una especie de difusor de la cultura, de las fiestas, de los acontecimientos religiosos, pueblo a pueblo, siempre andando con su tambor, la boina calada, sonriente, presto a la fiesta, la charanga, yo salía corriendo a recibirlo con el resto de chiquillos de Tamaraceite cuando lo escuchaba subir la carretera, el pobre Pepe tiene su reconocimiento popular en el barrio que lo vio nacer, allí en San José hay un pequeño monumento que ni siquiera colocaron las instituciones públicas, fue el propio pueblo, la gente de a pie, la que le dio el justo homenaje.

Los que se dedican a la política están en «otras cosas», ganando mucha pasta, agradando al constructor de turno que les paga los vicios, aunque sea ladrón, especulador, pederasta o corruptor de menores, tan alejados de la ciudadanía como un canguro en un garaje.

Hoy hablaba con un buen amigo docente de los que llevan toda la vida formando y educando, investigando, creando conciencias libres, reflexionábamos sobre la situación actual donde se aprueban macroproyectos que afectan a toda una isla sin contar con la gente, el destrozo de cientos de playas vírgenes, de montañas sagradas, de parajes irrepetibles, en construcciones indecentes, la debacle de miles de familias que sobreviven sin ingresos, donde sigue habiendo miles de canarios y canarias en fosas comunes, cunetas, agujeros volcánicos, pozos y el inmenso cementerio marino, ante la inacción de quienes cobran por ejercer un servicio público.

Pensamos a la vez, al unísono, que tal vez nos habíamos convertido en una especie de cantamañanas, de locos mal mirados y estigmatizados por no entrar por el aro, por no aceptar las prebendas que se reparten los que dicen que nos gobiernan, quienes gestionan cualquier ayuntamiento o cabildo.

Nos hemos convertido en «Pepe Cañadulce», bromeamos, pregoneros silenciados de lo más surrealista, defender tu tierra, tus derechos, tu cultura, tu identidad y ser tratados como basura, vilipendiados, ridiculizados, perseguidos tan solo por decir verdades o desenmascarar el negocio corrupto de unos pocos.

La verdad, nos decíamos mi compa y yo, que ciertamente preferíamos pasar por la vida como ese sencillo juglar de la esencia popular, que como opresores ociosos que se refugian tras un despacho lujoso, un coche oficial, un decreto que puede destrozar vidas, familias enteras, costumbres ancestrales, barrancos, parajes naturales, ecosistemas, maravillas culturales, espacios mágicos, la absurda erótica del poder, para pasar por este mundo, solo unos años, algunas tristes décadas, para luego morirse sin poderse llevar a la tumba todo lo que acapararon.

Seguiremos siendo «Pepe Cañadulce», nos merece más respeto, más dignidad, que quienes utilizan el poder para destrozar el futuro y la esperanza de un pueblo.