28 octubre 2021

“Para los diarios, para la policía, para los jueces, esta gente no tiene historia, tiene prontuario; no los conocen los escritores ni los poetas; la justicia y el honor que se les debe no cabe en estas líneas; algún día sin embargo resplandecerá la hermosura de sus hechos, y la de tantos otros, ignorados, perseguidos y rebeldes hasta el fin”.

Rodolfo Walsh (“Noticia Preliminar” en ¿Quién mató a Rosendo? 1969)

Casi nos íbamos cuando llegó un hombre llorando con un ramo de claveles rojos en sus manos, parecía una burbuja de tristeza enredado entre las llaves del coche, la lluvia que comenzaba a caer, las lagrimas de algún recuerdo perdido en la nebulosa del tiempo.

Luego se acercó al acantilado y las colocó en un lugar que parecía conocer de muchos años, las flores se quedaron erguidas a la primera dentro de la vieja jarra de cerámica, el mar rompía abajo de forma violenta junto a la cueva submarina, aquella que atraviesa La Marfea hasta la playa de La Laja, donde se dice que algún sobreviviente rompió las ataduras y el saco de plátanos, para refugiarse en soledad hasta que llegó la noche para escapar de todo.

El hombre se quedó un rato hablando solo, parecía rezar, o tal vez mantenía una conversación con alguien remoto, distante, alguno de esos seres que se marchan pero que siguen cerca de nosotros amparándonos en el tiempo, ayudándonos en esta soledad, solventando los deseos de nuestra mente, tomando la mano de nuestra alma para hacernos volar entre el temporal más triste.

La lluvia comenzó a caer y el hombre miró al cielo por un instante, se subió el chubasquero hasta el cuello y acarició los pétalos para despedirse de su ser querido, también del resto que fue arrojado al abismo, todos los que se llevó la corriente en aquella inmensidad.

Por un instante los imaginé saliendo del mar a todos: los enfermeros del Hospital San Martín con sus batas blancas, los libertarios del Ateneo de San José, los comunistas de San Roque, las costureras de la calle Triana que bordaron aquellas banderas, las rebeldes maestras de San Juan y El Risco de San Nicolás…, estaban todas, todos los que fueron lanzados al mar. Cerré los ojos y sentí caer la lluvia en mi cabeza despejada, cuando los abrí el agua estaba oscura, negra, como si las flores de aquel hombre hubieran despertado al sortilegio, en el horizonte los rayos, los truenos parecían revivir cada grito, los alaridos de la muerte.

Allí estaban las hijas, los hijos del mar, presentes en la memoria.