4 diciembre 2021

Suplicio y muerte de las cinco rosas

Salamanca, 4 de junio 1941. El coronel Millán Astray, presidente de la Dirección General de Mutilados de Guerra por la Patria, felicita a un oficial fascista mutilado en el homenaje y despedida de los voluntarios portugueses. EFE

“(…) Las obligaban a limpiar, cocinar, eran violadas y, en muchos casos, asesinadas. En otras localidades, como ocurrió en algunos pueblos andaluces, las recientes viudas eran llevadas en un camión a un paraje donde eran violadas, fusiladas y enterradas. Después y como colofón de tan macabro modus operandi, sus asesinos desfilaban con su ropa interior en los fusiles”.

Guillermo Rubio Martín, historiador

A las cinco muchachas las sacaron ya rapadas desde la sede de Falange en la calle Albareda, las tenían allí detenidas desde hacía tres días, sometidas a todo tipo de aberraciones sexuales, a torturas horrendas, tan terribles que apenas eran capaces de mantenerse en pie.

El sargento legionario Jesús González Cruz, caballero mutilado, acababa de llegar en barco desde Cádiz tras el final de la contienda, era diciembre de 1939, no tardó en juntarse con sus camaradas del Frente de Juventudes, la diversión aquellos días era violar a las mujeres, acusadas de subversión y de pertenecer a la JSU.

Eloísa, Juana, Dolores, María y Adita, fueron detenidas en sus casas en Guanarteme y La Isleta, ninguna había tenido relación con la lucha clandestina contra la dictadura, tan solo eran familiares y amigas de hombres que habían sido asesinados tras el golpe fascista del 36.

Ellas no paraban de repetir que no tenían nada que ver con aquellas acusaciones, a las pocas horas de abuso y maltrato reconocieron cada una de las imputaciones, se rindieron a los golpes, al horrible sabor del aceite de ricino, a las ratas amaestradas sueltas sobre sus cuerpos desnudos, al alcohol metido en sus gargantas a la fuerza con embudos.

Cuando se cansaron de hacerles de todo en manada, el “ilustre” legionario propuso cortarles el pelo y pasearlas por la ciudad con sus vestidos destrozados, manchados de su propia sángre:

-Así lo hacíamos en Badajoz junto a los regulares moros- dijo el militar al que le faltaba el brazo derecho.

Las arreglaron con vestidos de una y de otra, no se sabía de quién era cada ropaje repleto de cortes, de brechas en la carne por los latigazos con la vara de acebuche.

Toda la gente miraba asombrada en silencio cuando las veía pasar en aquel siniestro desfile de la muerte, se iban cayendo y las levantaban a patadas, solo algún exaltado vinculado a los nazis de azul las llamaba ¡Putas rojas! Había mujeres que se persignaban a su paso, otras lloraban ocultando sus lágrimas, solo el legionario y los falangistas animaban la marcha, apuraban las botellas de ron de caña, las obligaban a levantar el brazo, cantar el Cara al sol con sus voces rotas, casi susurros roncos y tristes.