«La gente anónima es, a mi parecer, la verdadera protagonista de la Historia.»
Carolina Pecharromán
Llevo el peso de demasiadas décadas en la espalda. He visto morir a mis abuelos y a mis padres con los ojos llenos de lágrimas, marchándose de este mundo sin poder abrazar, besar o dar sepultura digna a los huesos de sus seres queridos. Ese dolor ancestral no se borra; se hereda, desgasta el alma y nos enferma el cuerpo de tanto esperar. Para mí, buscar a los míos en fosas comunes no es una estrategia, ni una bandera, ni un argumento electoral. Es un acto de amor puro, de justicia y de una ternura poética que solo busca rescatar la dignidad de quienes fueron enterrados entre cal viva, escombros y barro manchado de sangre por defender la democracia.
Esconderme o callarme ante la crueldad de quienes igual sin mala intención usan nuestro dolor para hacer política me resulta imposible. Me agota ver cómo se ponen trabas administrativas y se juega de forma partidista con una causa que considero sagrada. Cada obstáculo intencionado se siente como una aberración moral, una falta absoluta de sensibilidad hacia heridas que siguen abiertas y sangrando en pleno siglo XXI.
En medio de este desgaste, mi único refugio es la comunidad que hemos creado. En esta labor altruista que comparto con otros, nadie es más que nadie. Aquí no existen jerarquías ni protagonismos: cada persona ha aportado a lo largo del tiempo lo que buenamente ha podido y ha querido. Desde el silencio, el apoyo moral o el trabajo directo, todos y cada uno de los gestos suman a la construcción de este anhelo de justicia. Cada grano de arena es igual de valioso porque nace de la misma voluntad sincera de reparar lo roto.
Entiendo y respeto profundamente que en nuestra sociedad existan otras formas de ver el pasado y de entender la historia. La democracia se construye aceptando que no todos miramos las cosas de la misma manera. Pero tener una visión diferente de la historia nunca debería ser una excusa para la indiferencia o la falta de compasión. No se puede tapar el sol con las manos: la realidad de nuestro sufrimiento humano está ahí. Pedir respeto para mis muertos, por todos los muertos, y un lugar digno donde llorarlos no va en contra de nadie; es una petición de humanidad mínima que cruza cualquier ideología.
El día que logremos sacarlos de la tierra, nuestra agrupación que presido, constituida al amparo de Ley 20/2022, de 19 de octubre, de Memoria Democrática, se disolverá en paz, porque no buscamos poder ni revancha. Solo anhelamos el descanso. Ojalá quienes tienen legítimamente otras aspiraciones políticas o los que ostentan cargos públicos entiendan, de una vez por todas, que detrás de las leyes y los discursos hay personas rotas que solo piden un poco de piedad para poder despedirse.
Al final, esto es mucho más sencillo de lo que parece desde fuera: solo se trata de humanidad. Para reparar este dolor sobra la ambición, sobra el egoísmo. Las tácticas y estrategias de partido deben quedarse en otros terrenos de debate, porque en el suelo de la memoria jamás tendrán cabida. Desenterrar a nuestros familiares es un deber moral tan transparente que ensuciarlo con intereses ajenos es un acto que me genera mucha tristeza; lo único que pedimos es que nos dejen devolverles la paz, de la forma más limpia, humana y sencilla posible.
Porque, en definitiva, esta lucha no me pertenece solo a mí ni se limita a mis propios familiares asesinados por el fascismo. Esta es la causa de cada persona a quien se le arrebató la vida de forma cruel por el simple hecho de pensar diferente. El lazo que nos une va más allá de la sangre. Por eso tengo claro que, aun si al abrir la tierra no aparecieran los míos y exhumáramos a los de otras familias, la alegría y la celebración serían igual de grandiosas. Debajo de la tierra ya no hay distinciones: todos son uno, y cada cuerpo recuperado es una victoria de la humanidad frente al olvido.
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