1 octubre 2020

Taller

Andrés Molina y Rogelio Botanz

Una cátedra a la cultura popular en aquellos años, demostrando que era posible que la canción de autor levantara la mano, el puño y la guitarra.

Son tantos recuerdos de los conciertos de Taller Canario de Canción por toda la geografía insular que sería muy complicado definirlo, una marea de sentimientos, de momentos especiales en cualquier rincón isleño, acompasado con el ritmo tenaz de la percutería, aquella extraña y peculiar batería que diseñó el gran Rogelio Botanz.

Ahora que se nos están marchando referentes únicos como Luis Eduardo Aute, se hace más necesario que nunca recuperar esa memoria indeleble, insurgente, rebelde, que la canción sirva para armonizar el amor y la lucha, el cariño por la identidad de un pueblo, el combate sin tregua contra un sistema injusto.

Eso lo consiguieron estos tres trovadores: Andrés Molina, Pedro Guerra y el propio Rogelio, lo siguen demostrando cuando se juntan el primero y el último y nos traen toda esa avalancha de canciones inolvidables, de ritmos imposibles para quien no sienta en sus venas la lucha contra las injusticias, la fragancia de una tierra canaria plagada de memoria y dignidad, de un hermano y castigado continente africano, de una Latinoamérica unida como la que predicaron grandes de la música como Atahualpa, Mercedes Sosa o Quintín Cabrera.

A mi me ha tocado muy de cerca Taller, jamás olvidaré aquellos momentos de magia en la Casa de Juventud de Schamann, luego Lomo Blanco, infinidad de lugares comunes en noches de canto y poesía. Verlos llegar en la furgoneta y un escenario vacío convertirlo en un par de horas en un altar para la música universal, la que llega dentro, la que jamás se olvida, la que no se puede enlatar y acaparar, la música, las letras de todas y de todos, las que seguimos cantando para cambiar el mundo.

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