24 septiembre 2021

Telesforo entre la niebla

Parque Natural de Teno, en Tenerife (Europa Press)

«Aicà maragà, aititù aguahae
Maicà guere; demacihani
Neigà haruuici alemalai.

(¡Oh, huésped, el duelo compartimos!
Muerta es la madre y vencidos somos;
Preciso es que matrimonio hagamos
)».

Endecha canaria copiada por Torriani (1405)

De Telesforo Cubas todos decían que lo habían tirado al mar en la costa de Anaga, que bien apotalado dentro de un saco con un gato dentro lo habían arrojado vivo desde la barquilla de los ingleses, que fue visto más de una vez, por eso no se entiende que distintos compañeros lo vieran en el bosque de Teno años después haciendo vida de pastor sin cabras, perdido entre los árboles gigantescos de laurisilva.

Dicen que lo acompañaba un perro lanudo, muy grande, que no ladraba, que solo mostraba los dientes si aparecía algún uniformado, que sabía deslizarse con su amigo de dos patas sin hacer ruido, como el vuelo silencioso de una lechuza antes de atrapar a su presa.

El trabajador de telégrafos, militante de la CNT, amigo personal de Buenaventura Durruti en su exilio isleño, había nacido en el sur de la isla, se cree que en lo profundo del municipio de Arona en un barranco perdido donde su madre cultivaba la tierra junto a un hilo de agua que venía de las montañas.

Allí aprendió a vivir entre mujeres desde chiquito, su tres tías, su abuela, sus dos hermanas Rosa y Damiana, ambas desaparecidas, allí no había hombres, en aquella casa solo predominaban las voces femeninas, tal vez por eso heredó esa fuerza, esa tenacidad mezclada con una sensibilidad a la hora de escribir, de reflexionar sobre la terrible situación de la clase trabajadora de aquellos años.

En el bosque siguió hasta su muerte me dijo Avelino Hernández, el trabajador forestal del pinar en los años sesenta, que se echaban juntos sus conversadas de tarde noche mirando la costa norte, que jamás fue domesticado por aquella salvaje dictadura, que no quiso más volver a lo que llaman «civilización», que allí se quedó para siempre perdido en la neblina, junto a las almas atormentadas de los indígenas «*wa-n-əšinə(šẽ)» (el de Achinech) y la fresca tarosada de la noche.