29 septiembre 2020

18 de julio del 36: Antesala del genocidio

El alcalde republicano José Carlos Schwartz y el gobernador civil Manuel Vázquez Moro flanqueando a Francisco Franco en Santa Cruz de Tenerife el 14 de abril de 1936, en conmemoración del quinto aniversario de la II República. Ambos asesinados por los fascistas meses después. CEDIDA POR ISABEL PÉREZ SCHWARTZ

Nos sacaron a palos como si fuéramos perros, bajábamos amarrados hacia la iglesia de Tamaraceite ahogados en sangre, no paraban de darnos leña, como si hubiéramos cometido algún delito, a Juan del Pino le sacaron las tripas con una bayoneta solo por mirar a los ojos de un falangista.

Antonio Cubas León

«(…) Aquella noche de sábado de 1936 fue la más terrible de mi vida, todavía no sabíamos lo que sucedía, había gente que decía que era una Huelga General, que todo estaba controlado por el gobierno de la República, en Tamaraceite estábamos tranquilos, teníamos nuestro alcalde comunista Juan Santana Vega, el mismo nos pidió tranquilidad cuando nos concentramos en la Carretera General, delante de la Sala Consistorial, que estuviéramos en paz, que no hiciéramos nada contra quienes nos provocaran, que había que comportarse como demócratas que eramos. Ya en casa y sobre las diez de la noche escuchamos los disparos, venían en camiones subiendo desde Las Palmas, iban casa por casa deteniendo a los hombres, mi padre se asomó a la ventana no se lo creía, todo olía a pólvora, los gritos de los falangistas parecían truenos de odio. En breve llegaron a casa, el sargento Pernía, el cabo Santos, los fascistas Penichet y Bravo, varios hombres vestidos de azul y armados hasta los dientes de Las Palmas que no conocíamos, a mi padre lo tiraron de la azotea a la calle como un saco de papas, el corrió hacia arriba cuando los vio armados en la puerta, cuando cayó se partió los brazos y una pierna, la sangre la corría por la espalda del golpe en la cabeza, no tuvieron compasión, le empezaron a dar leña allí mismo en el callejón de La Montañeta, les daba igual que las niñas y niños viéramos aquel «espectáculo», yo no paraba de llorar, mi madre de gritar de dolor y pedir socorro, hasta que el requeté Acosta le dio con un palo de hierro en la cabeza y la dejó inconsciente en el suelo en un charco de sangre. Los camiones salían hacia un destino desconocido cargados de hombres detenidos, era triste ver como no podían defenderse, hombres fornidos del trabajo agrícola, con brazos de hierro, que no podían contra aquellos cobardes armados hasta los dientes. A mi padre se lo llevaron ya muerto, vomitaba sangre mientras lo levantaban entre cuatro dejando un reguero de sangre por la Fuente de El Pilar…»

Testimonio de Antonieta Batista Travieso, vecina de Tamaraceite y con nueve años el 18 de julio de 1936.

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