Celebración del 1º de Mayo de 1936 en el municipio palmero de Tazacorte
«No sé qué sepultada artillería dispara desde abajo los claveles,
ni qué caballería cruza tronando y hace que huelan los laureles…»
Miguel Hernández
El 1 de mayo de 1937 en Gran Canaria fue un día de mucho viento y calima. El polvo del desierto del Sáhara inundaba las calles desoladas, donde tras las ventanas entreabiertas siempre había alguien que observaba sigilosamente lo que estaba pasando en el exterior de la oscuridad de sus hogares.
Algo terrible, tenebroso, tras tantos crímenes brutales, personas detenidas y desaparecidas, tan solo un año después de la celebración de un Día de la Clase Trabajadora histórico.
Entre aquel silencio solo interrumpido por el silbido del viento del sur se escuchaban cerca de las comisarías de Falange gritos de dolor de los torturados.
Ya era algo normal, habitual, parte de la desesperante cotidianidad en algunas zonas de Las Palmas: la sede falangista de la calle Albareda, el colegio La Salle, el Gabinete Literario, Los Jesuitas de Vegueta…
Cines que estaban abiertos y apenas había público en las butacas de madera, alguna pareja buscando intimidad en los asientos de atrás para amarse, unos pocos padres con sus hijos en una sala casi vacía, algún somatén de traje gris con tela desgastada vigilando que todo estuviera en orden.
Era primero de mayo y no había nada que celebrar, tan solo una tristeza profunda que se respiraba en el ambiente. Aflicción y mucho miedo.
Nostalgia del día de los claveles rojos con miles de seres felices entre banderas, frases escritas en telas rojas, consignas recorriendo León y Castillo, atravesando los arenales.
Como si las horas no pasaran y los relojes se hubieran parado para siempre.
La esperanza perdida en medio del infierno.
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