«Nos quitaron la tierra bajo los pies, pero no el cielo que llevábamos dentro.»
Concepción Méndez Cuesta
El mar ya no infundía el pavor de quedar a la deriva, flotando como un despojo entre dos aguas. Al dejar atrás el horizonte de la isla, el verdadero temor era otro: el ruido sordo de un motor, la silueta baja de una barcaza de nazis españoles recortándose contra el cielo antes de que pudieran poner rumbo definitivo hacia las costas de Brasil.
A la espalda, El Hierro se iba reduciendo a un punto verde, una mota que se ahogaba en la inmensidad del Atlántico.
Pedro Casañas y Eugenia Brito compartían el silencio de los náufragos de una guerra. Mientras la distancia los ponía a salvo, la mente regresaba inevitablemente al norte, a los ecos de Tenerife que la brisa marina no lograba apagar. ¿Qué estaría ocurriendo allí en ese preciso instante? ¿A quiénes estarían quebrando los falangistas en los sótanos húmedos? ¿Cuántos cuerpos estarían cayendo, desmadejados por las balas, en el fondo del barranco maldito de Santa Cruz?
Eugenia parpadeó, apartando de golpe las imágenes de la barbarie, de los abusos y del ensañamiento sin piedad de aquellos hombres que se habían adueñado de las calles y del miedo. Miró de reojo a Pedro. Sus ojos ya no buscaban la tierra que dejaban, sino el próximo horizonte. El exilio se abría ante ellos como una promesa de tierras desconocidas y extrañamente dulces, un refugio donde el cuerpo y la vida dejarían, por fin, de ser una presa.
El extraño olor del combustible y el embate rítmico del agua contra el casco de madera eran los únicos sonidos que rompían la inmensidad. El Atlántico no era liso; se movía en lomos negros y aceitosos que elevaban la barca para luego dejarla caer con un golpe seco que vibraba. A bordo, el frío de la madrugada calaba la ropa húmeda, pero el verdadero frío venía de dentro.
Pedro mantenía las manos fijas en las manos de la joven maestra de escuela, los nudillos blancos por el miedo y la tensión. Tenía la mirada perdida en ese punto donde el cielo nocturno y el agua se fundían en una sola negrura.—No mires atrás, —dijo Pedro, con la voz rota por el viento helado —. No busques la luz de la costa. Ya no está.
Eugenia no se movió. Estaba acurrucada contra la borda, abrazándose las piernas para contener el temblor que le subía por las piernas. El Hierro ya era solo una sombra borrosa, un recuerdo verde que se tragaba la noche.—No busco la luz, Pedro —susurró ella, sin apartar los ojos del mar—. Pienso en el barranco. En el ruido de los camiones saliendo de Santa Cruz a estas horas. Cada vez que la barca golpea una ola, me parece oír una descarga de fusiles.
Pedro apretó los dientes. Sabía bien a qué ruidos se refería. El horror tenía un eco largo que cruzaba el océano.—Allí ya no podemos hacer nada. Si nos agarran esos perros en una lancha de apotaladores, no habrá barranco, nos tirarán al agua aquí mismo. Hay que pensar en el frente. En Brasil.—Brasil está tan lejos… —Eugenia apoyó la frente en sus rodillas húmedas, sintiendo el balanceo violento—. Dicen que allí la tierra es dulce, que la gente no tiene los ojos llenos de odio. Pero me da miedo que hayamos dejado el alma en la orilla y solo viajen nuestros cuerpos.
Pedro soltó una mano y la buscó acariciando su rostro en la penumbra. Le tomó los dedos de nuevo, que estaban helados y rígidos.—Tu cuerpo está a salvo, Eugenia. Nadie va a volver a tocarte. Eso es lo único que importa ahora. El alma regresa cuando se duerme sin miedo.
Ella apretó la mano de Pedro con las fuerzas que le quedaban. El rugido del motor continuó empujándolos hacia el oeste, perforando la oscuridad, mientras el océano implacable se tragaba, milla a milla, el rastro de la barbarie que dejaban a la espalda.
El olor indefinible del océano se mezclaba con el vaho humano y agrio de la bodega. No eran los únicos. El vapor de carga francés que crujía a cada golpe de mar, transportaba en sus entrañas un cargamento clandestino de vidas rotas. En la penumbra del entrepuente, hacinados entre sacos de grano y cajas de madera, decenas de exiliados compartían el mismo aire pesado y el mismo silencio de piedra.
Había familias enteras. Madres que estrujaban a sus hijos contra el pecho, cubriéndoles la boca con pañuelos para sofocar cualquier tos o llanto, como si el eco pudiera traspasar las planchas de acero y alertar a los fantasmas que dejaban atrás. Los niños, con los ojos desmesuradamente abiertos en la oscuridad, imitaban el terror de los adultos; apenas se movían, congelados por un miedo que no entendían pero que respiraban a fondo.
Eugenia observaba a una niña pequeña, a unos pocos metros, que jugaba en silencio con el dobladillo de la manta de su madre. La mujer no paraba de rezar entre dientes, con un rosario de madera apretado entre los dedos secos.—Mira esos niños, Pedro —susurró Eugenia, arrimando la cabeza al hombro de él para que nadie más la oyera—. Se les ha quedado la cara de viejos de tanto asustarse.
Pedro asintió sin decir palabra. Tenía los ojos fijos en la pequeña escotilla por la que entraba un hilo de luz lunar y el rugido rítmico del Atlántico. El velero ya navegaba por aguas internacionales, rumbo a la costa brasileña. Técnicamente, bajo pabellón francés, estaban a salvo. La ley del mar los protegía. Pero las leyes son de papel y el miedo es de carne.—Ya estamos lejos —intentó reconfortarla, aunque su propia voz sonaba hueca—. Los falangistas no tienen barcos para llegar hasta aquí. Los apotaladores ya no nos alcanzan.—Da igual la distancia, Pedro —replicó ella, y un escalofrío visible le recorrió la espalda—. Aunque estuviéramos en la otra punta del mundo, sigo esperando el ruido de las botas en la cubierta. Sigo pensando que una patrullera va a abordar el barco y nos van a arrastrar de vuelta a Santa Cruz. Ese miedo no se quita con los kilómetros. Se te queda pegado a los huesos, como la humedad de esta bodega.
A su lado, un hombre mayor, que llevaba horas con la mirada perdida en el suelo de hierro, levantó la cabeza. Tenía las manos curtidas de trabajar la tierra de las islas, ahora vacías.—La compañera tiene razón —intervino el viejo con voz apagada—. Yo pasé tres semanas escondido en la cordillera de Anaga antes de subir a este trasto. Cada vez que el motor cambia de ritmo o se oye un grito de los marineros franceses arriba, se me para el corazón. Pienso: ya están aquí. Ya vienen a por nosotros.
El navío dio un bandazo violento, escorando hacia babor al subir una ola gigantesca. En la bodega se oyó el crujido sordo de la carga al desplazarse y un gemido unísono, un lamento contenido de cincuenta gargantas que contuvieron el aliento a la vez. Nadie habló. Los hombres se tensaron, las madres abrazaron con más fuerza a sus hijos y Eugenia cerró los ojos, aferrándose al brazo de Pedro.
La embarcación francesa recuperó el equilibrio y siguió abriéndose paso en la noche implacable, arrastrando hacia la libertad a un grupo de espectros que, aunque ya estaban a salvo de los fusiles y los abusos, seguían siendo prisioneros de su propio espanto.
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