«El fascismo del pasado está muerto… El fascismo que nos amenaza ahora no viene con uniformes militares; se instala en nuestras mentes, en nuestra vida cotidiana, a través del miedo al otro».
Félix Guattari
Sinceramente, se me revuelve el estómago. No me cabe en la cabeza cómo una Delegación del Gobierno, puesta ahí por un partido que se dice progresista, se salta a la torera la Ley de Memoria Democrática. Ver cómo autorizan una manifestación de neonazis en Barcelona mientras la policía se lía a palos contra los antifascistas no es solo una contradicción política; para mí, es una puñalada directa al corazón.
En mi casa el fascismo no es un debate teórico de bar, ni un tema para rellenar informativos. En mi casa el fascismo tiene nombres, apellidos y tumbas vacías. Venimos de una familia rota por el terror que desataron tras el golpe de Estado del 36. Sabemos perfectamente lo que pasa cuando se les deja hacer: primero insultan, luego se organizan y al final matan, como ya hicieron con los míos y con tantos otros durante la guerra y la dictadura. Por eso, ver a tipos con esa misma ideología desfilando con total impunidad, escoltados y protegidos, me produce un miedo muy real.
La impunidad que vimos esta tarde en Barcelona no es un hecho aislado; es el mismo hilo conductor que esta semana nos ha dejado las imágenes de las máquinas vandalizadas en el Valle de Cuelgamuros. Que amanezcan las herramientas de estudio geotécnico cubiertas de pintadas fascistas de «El Valle no se toca» y vivas al dictador demuestra que los herederos del régimen se sienten intocables. Rabian ante la verdad y la reparación histórica, y lo hacen porque se les está permitiendo envalentonarse en todos los frentes.
Y no nos equivoquemos, esto ya no va solo de nostalgia por el pasado. Estamos presenciando la estructuración de un movimiento neonazi moderno y perfectamente coordinado que utiliza las calles y las redes para cazar al diferente. Hoy señalan y persiguen con una violencia atroz a las personas migrantes, al colectivo LGTBI y a cualquiera que sea de izquierdas. Utilizan el mismo manual de odio de siempre para deshumanizar a los eslabones más vulnerables de nuestra sociedad.
Tolerar a estos grupos nos aboca a una tragedia que ya sufrimos en el pasado. Es una cobardía inaceptable disfrazar de «libertad de expresión» el derecho a manifestarse de quienes destruyeron todas las libertades. Si las instituciones progresistas prefieren desgastar los porrazos contra la respuesta social en lugar de aplicar las leyes y frenar en seco la apología del odio, se están convirtiendo en cómplices por omisión.
A los míos los asesinaron por defender la democracia. Hoy, permitir que los cachorros del fascismo vuelvan a adueñarse de las calles no es neutralidad; es una traición intolerable a nuestra historia, a nuestras familias y al futuro de todos. No vamos a mirar hacia otro lado. Pasado el tiempo del silencio, solo queda la memoria o la barbarie.
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