17 de septiembre de 2026

Y levantó la mano la guitarra

«(…) Va a hacer falta un buen otoño tras un verano tan largo…»

Silvio Rodríguez Domínguez

El cielo de Valencia amenazaba con venirse abajo el pasado miércoles 16 de septiembre de 2026. Bajo el rugido ensordecedor de los truenos, los rayos que partían la noche en fogonazos intermitentes y una lluvia torrencial de esas que en esta tierra mediterránea golpean con la fuerza de un diluvio bíblico y parecen arrasarlo todo a su paso, el Roig Arena se erigió como algo más que una proeza arquitectónica. Se convirtió en un refugio contra el temporal físico y, fundamentalmente, en una trinchera inexpugnable contra el olvido. Lo que se vivió en sus entrañas no fue un concierto convencional ni una cita rutinaria del calendario cultural; fue un exorcismo colectivo, un aguacero en venganza contra la apatía y, al mismo tiempo, un necesario y balsámico barredor de tristezas históricas.

Sobre un escenario de montaje sobrio, despojado de cualquier artificio tecnológico o distracción visual innecesaria, apareció la figura menuda y gigantesca de Silvio Rodríguez. Quienes hemos seguido su trayectoria a lo largo de las décadas pudimos percibir, desde su primer paso en las tablas, una pesadumbre flotando en su lenguaje corporal. Había una nostalgia profunda y severa en su mirada, un peso invisible que parecía reflejar de manera inequívoca la situación límite y agónica que atraviesa el pueblo cubano en estos momentos. En el eco de la afinación de sus cuerdas era imposible no evocar el drama cotidiano de una isla asfixiada en la penumbra: apagones constantes que paralizan la vida, una escasez de combustible que estrangula el día a día y la desgarradora tragedia humana que golpea a los más vulnerables en los hospitales. Una realidad lacerante y cronificada, agudizada por el implacable bloqueo económico de Washington y las dinámicas deshumanizadas de un poder global que a menudo carece de rostro, pero derrama consecuencias devastadoras.

Fiel a su estirpe de cantor que no negocia con la complacencia, Silvio comenzó su presentación de manera implacable, casi desafiante. Fueron cuatro o cinco canciones interpretadas de corrido, hilvanadas una tras otra sin mediar una sola palabra, sin un «buenas noches» que aliviara la densidad del ambiente. Era como si el cantautor prefiriera que un vendaval de letras complejas y arpegios matemáticos hablara por él, barriendo el aire con la urgencia de quien no tiene tiempo que perder en formalidades. No hacía falta que pronunciase discursos políticos; la denuncia ya estaba implícita y latiendo en la poesía rítmica de composiciones recientes como «Viene la cosa», «Noche sin fin y mar» o «Nuestro después». Sus versos eran lanzados como ráfagas certeras, proyectadas con una dignidad antigua en medio del estruendo que arreciaba en el exterior del recinto.

Mientras la música fluía y buscaba su propio cauce, la terca realidad insistía en colarse en el espacio sagrado del concierto. Las alertas de emergencia del sistema Es-Alert comenzaron a sonar de manera simultánea en los miles de teléfonos móviles de los asistentes, rompiendo la acústica con ese pitido agudo y estridente que hiela la sangre. Ese zumbido digital, presagio de catástrofe climatológica inminente, se entrelazaba de forma casi mística e idílica con la inmensa carga histórica de la fecha. Un 16 de septiembre que arrastra en sus entrañas sus propios fantasmas y mártires: el aniversario del brutal asesinato de Víctor Jara en el Estadio Chile y el amargo recuerdo de la Noche de los Lápices en Argentina, aquella infame jornada donde los militares de la dictadura truncaron la vida y los sueños de adolescentes en las cámaras de tortura. La tormenta de Valencia no parecía una coincidencia meteorológica; parecía sintonizar, en un llanto de truenos, con los dolores acumulados de la memoria revolucionaria latinoamericana.

Sin embargo, justo cuando la tensión dramática parecía alcanzar su punto de saturación y el miedo al temporal amenazaba con imponerse, operó la milagrosa magia que solo el arte universal es capaz de convocar. El ambiente se suavizó de golpe, la pesadumbre inicial mutó en una energía comunitaria vibrante y arrolladora. El milagro se sostuvo en los hombros de una banda de músicos de un nivel técnico, interpretativo y compositivo excepcional. El diálogo íntimo entre la flauta virtuosa de Niurka González y el piano sutil de Malva Rodríguez construyó un colchón sonoro sobre el cual la voz de Silvio, inalterable al paso del tiempo, volvió a flotar. Clásicos de su discografía como «Escaramujo» y «Ala de colibrí» sirvieron de preámbulo luminoso para la traca final. Hubo incluso un espacio sobrecogedor para la literatura pura cuando el trovador prestó su voz cansada pero firme para recitar «Halt!», el desgarrador y antibélico poema de Luis Rogelio Nogueras, dejando al pabellón en un silencio sepulcral.

El tramo final transformó el Roig Arena en un cúmulo indomable e hirviente de emociones reprimidas. El clímax absoluto llegó con los acordes universales de «Ojalá», cantada a grito herido por varias generaciones de gargantas, y el broche de oro de «Por quien merece amor», que terminó por desatar el llanto compartido, la catarsis colectiva y la risa liberadora de los que se saben acompañados en la tormenta. Tras muchos años de silencios impuestos, de repliegues ideológicos o de desencantos cotidianos, volvieron a escucharse con fuerza y orgullo consignas que se gritaban sin miedo al avance del fascismo moderno que hoy acecha en las calles y en las instituciones. Ver los puños en alto alzarse unánimes bajo el eco del diluvio fue la confirmación definitiva de que la canción protesta no es un artefacto nostálgico del pasado, sino un músculo vivo, necesario y dispuesto a la batalla. Nos fuimos empapados de agua hasta los huesos, pero con el alma completamente limpia de nostalgias estériles y con la certeza renovada de que la memoria popular siempre resiste al peor de los temporales. La lucha sigue, y es hasta la victoria.

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