8 de agosto de 2026

La siembra de un sueño

«Es hermoso compartir los logros, siempre que recordemos con cariño los pasos silenciosos que nos llevaron hasta ellos.»

Antoine de Saint-Exupéry

La memoria no es una disputa de despachos ni un inventario de rencores; es el rastro tenue de una herida abierta que busca, simplemente, el amparo de la luz. Tras más de treinta años empeñando la vida en rescatar de una fosa común a mi abuelo Pancho, la dignificación del inmenso dolor de toda mi familia, confieso que a veces me hubiera gustado ser invisible. El camino de la memoria histórica está lleno de peajes demoledores. En mi caso, el precio de la constancia incluyó sufrir severas represalias laborales en el propio Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria, un proceso que comenzó a afectarme de forma sistemática desde 2010. El simple hecho de exigir justicia y verdad transformó mi entorno laboral en un espacio de aislamiento, un reflejo del coste que a menudo asumen quienes insisten en no olvidar.

A pesar de las dificultades, jamás he buscado el protagonismo. Quienes nos adentramos en los márgenes de la historia oficial compartimos un único anhelo: arrancar de la tierra, de los pozos, de los agujeros volcánicos, de las simas, de las cunetas, de las fosas comunes, de los acantilados remotos, de la cal viva el rastro borrado de miles de asesinados por el fascismo. Es una herencia de dolor que pesa en la sangre. Mis padres murieron con la profunda tristeza de ver cómo los días se apagaban sin que la justicia material llamara a la puerta. Por ellos, y por los que faltan, nos mantuvimos firmes cuando el silencio aún era la norma. Es cierto que este largo camino adopta múltiples formas. Cada persona ejerce su activismo de una manera diferente, y todas las vías de visibilización desempeñan un papel en la concienciación social. Mientras que algunos encuentran necesario recurrir a la relevancia mediática y a los canales públicos para amplificar la causa —un enfoque perfectamente comprensible para lograr el impacto necesario—, otros preferimos el camino de la labor callada. Entiendo que las estrategias varían, pero considero fundamental que la proyección pública conviva siempre con un respeto absoluto hacia el drama personal y único de cada familia. Cada hogar arrastra su propio luto, sus propios tiempos y sus propias heridas, y esa intimidad del trauma familiar debe preservarse como un espacio sagrado.

Por mi parte, me he dedicado humildemente a escribir, publicando por ahora seis libros con el único propósito de rescatar parte de esa memoria secuestrada por la versión tergiversada y edulcorada de los genocidas. Ante la diversidad de visiones que conviven en las organizaciones, cobran sentido los versos del trovador cubano Silvio Rodríguez: “Yo quisiera cantar encapuchado para así confundirme a vuestro lado”. Esa es la esencia de mi opción personal: disolverme en el viento del colectivo, ser un simple eslabón en la cadena de la dignidad, aportando un grano de arena en forma de palabras escritas sin buscar reconocimientos oficiales.

La memoria histórica trasciende las siglas, las medallas institucionales y los discursos parlamentarios. Se trata de otra cosa. Se lucha por rescatar unos huesos desamparados para darles el enterramiento digno que les fue negado, pero también para recuperar las ideas, los sueños y la libertad de quienes terminaron en una cámara de tortura, en una fosa común, en un agujero volcánico, en un pozo, en una cuneta, en un acantilado remoto o en el fondo del mar.

Porque al final, cuando los focos se apaguen y el ruido del mundo guarde silencio, la tierra seguirá custodiando su secreto a la espera de las manos que la acarician. No importa el viento que sople ni el olvido que pretendan imponernos desde los despachos; los nombres que rescatamos en cada página y en cada surco no son cifras, son destellos de luz que desgarran la sombra. Seguiré buscando, tal vez en soledad, sin pedir nada a cambio, hasta que el último abrazo enterrado encuentre su cielo, cobijados por la única bandera de la justicia y arropados por el amor incondicional que el tiempo jamás podrá sepultar.

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