8 de agosto de 2026

Las grietas del silencio

Mi madre y sus hermanos durante el encarcelamiento de mi abuelo Juan Tejera

«A pesar de los años, seguimos de pie buscando la verdad y la justicia. No nos han vencido.»

Estela de Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo

La noticia de la inminente exhumación en la fosa de Vegueta levanta un remolino de emociones que aprieta el pecho. Saber que la tierra por fin se va a abrir genera una conmoción profunda, pero quienes llevamos años con los ojos puestos en esas zanjas sabemos perfectamente que esto no acaba aquí. Abrir una fosa es solo un paso; el verdadero reto sigue siendo romper, de una vez por todas, esos muros de silencio y olvido que las instituciones han mantenido en pie durante décadas, como si el tiempo pudiera tapar los crímenes de un terrorismo de Estado que aún arrastra secuelas. Mi abuelo está en ese cementerio.

Pasas los días pensando en el momento en que las palas empiecen a mover la tierra, con el corazón en un puño. Sabiendo, además, que cabe la posibilidad real de que sus restos no aparezcan o no se puedan identificar debido al deterioro o al desorden de los enterramientos. Pero hay algo que tengo clarísimo y que se siente muy adentro: aunque la ciencia no me devuelva su nombre, todos los que siguen ahí abajo son mi familia. Esos esqueletos anónimos son mis abuelos, mis padres y mis hermanos. Compartimos el mismo dolor, la misma herencia y la misma herida abierta.

Por eso esta lucha no tiene fecha de caducidad. Es un compromiso eterno que no va a terminar hasta que se rescate el último hueso de quienes pagaron con su vida el delito de defender la libertad, la justicia social y los derechos de la clase trabajadora. Pero recuperar los cuerpos no basta si las leyes se quedan en papel mojado; es una obligación moral y legal que la Ley de Memoria Democrática se aplique con firmeza, sin titubeos ni frenos burocráticos. Necesitamos una justicia real y una reparación que devuelva la dignidad que les fue arrebatada.

Esta reparación debe salir de los cementerios y llegar a las aulas. La memoria histórica no puede ser un tema tabú ni un pie de página olvidado; debe convertirse en una asignatura obligatoria en los centros educativos. Las generaciones jóvenes tienen derecho a saber de dónde vienen, a conocer la verdad desnuda de nuestro pasado para que nadie pueda volver a manipular la historia.

Asimismo, cada rincón donde se torturó, cada paredón de fusilamiento y cada lugar de exterminio debe dejar de ser un espacio invisible. Es urgente transformar estos sitios de horror en verdaderos espacios de memoria, dotados de un profundo contenido pedagógico. Solo convirtiendo el dolor en aprendizaje y dignificación lograremos blindar nuestra democracia. No buscamos venganza; exigimos la verdad y la justicia que nos corresponden a todos para que el «nunca más» sea una realidad de piedra y conciencia.

Cuando los últimos nietos cerremos los ojos y nos toque marchar, la tierra que hoy custodiamos no quedará en silencio. Esta lucha dolorosa y larga no habrá sido en vano; cada fosa abierta, cada nombre rescatado y cada verdad defendida habrá dejado una raíz profunda en la memoria del mundo. Lo que hoy hacemos es una siembra de dignidad que florecerá en el futuro, un lazo invisible de fraternidad que unirá para siempre a los pueblos oprimidos de la tierra. Porque la memoria es un fuego que se hereda y, mientras quede un átomo de justicia en el pecho de quienes vengan detrás, la semilla de quienes lo dieron todo por la libertad seguirá viva, latiendo con fuerza, invencible frente al olvido.

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