«Canarias es un país que se ignora a sí mismo, un pueblo que vive de espaldas a su propia realidad histórica».
Pedro García Cabrera, poeta canario de la Generación del 27, represaliado y exiliado por el franquismo.
Un control médico de rutina alcanza para recordarte lo vulnerables que somos. De golpe, la certeza de que algo falla en tu propio cuerpo te baja a la tierra y te devuelve a lo importante. Es en ese instante de fragilidad cuando entiendes, con más claridad que nunca, el valor de la memoria y el sentido de las batallas que nos trajeron hasta aquí.
Como familiar de personas torturadas, asesinadas y perseguidas por el franquismo, convivo con una herida heredada. Por eso, ver cómo hoy ocurre lo que parecía imposible —que a pesar de las trabas institucionales una fosa común empiece a abrirse— es un acto de justicia puramente humana. De la tierra no solo se sacan huesos; se rescata la dignidad de un país que la dictadura intentó borrar. Esa misma intolerancia que hoy, en pleno 2026, sigue buscando la forma de arrasar con los derechos conquistados tras décadas de lucha popular.
Siempre he sentido que en Canarias el camino hacia la verdad es todavía más empinado. Como territorio históricamente marcado por el expolio y la explotación, el olvido se ha institucionalizado aquí con una saña particular. Romper el silencio es mucho más complejo cuando se trata de hacer justicia por los más de cinco mil asesinados que se siguen ocultando. Canarias, en su aislamiento, a veces se siente como un rincón herido donde el Estado abandonó sus obligaciones y donde el desamparo es total.
Sin embargo, frente al diagnóstico de mi propia fragilidad y de la colectiva, hoy elijo la esperanza. Quizá me toque ver cumplido un sueño que ya daba por perdido. Pensaba que jamás llegaría este momento de reparación ante tanta impunidad respaldada, sistemáticamente, por quienes ocupan los sillones del poder. Abrir las fosas es el único tratamiento posible para un pueblo que se niega a morir en el olvido.
Nuestra tragedia no empezó en el 36. La impunidad en las islas arrastra el peso de siglos de abusos: desde la conquista y el sometimiento colonial, hasta el horror de la esclavitud y el caciquismo feudal. Ese dolor no ha desaparecido; solo se ha camuflado bajo el barniz de un paraíso de postal diseñado para el consumo de fuera, mientras la especulación destruye nuestro territorio y la gentrificación nos expulsa de nuestros barrios.
Detrás de las fotos turísticas, las víctimas de la clase trabajadora canaria siguen sepultadas: arrojadas al mar, confinadas en tubos volcánicos, tiradas en pozos profundos o escondidas en fosas como la de Vegueta.
Por eso, ante la certeza de que la vida es corta y frágil, rescatar sus nombres no es un ejercicio de nostalgia; es el único acto de rebeldía posible para que nuestra tierra y nuestro mar dejen de ser cárceles de silencio y se conviertan, al fin, en el suelo digno que merecemos pisar y recuperar.
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