«Papá, mamá: Me ejecutarán mañana… Cuando me fusilen mañana pediré que no me tapen los ojos, para ver la muerte de frente»
José Humberto Baena, miembro del FRAP ejecutado en Hoyo de Manzanares
El suboficial de infantería tenía una barba muy rasurada, como si en lugar de pelo afilado fuera tizne de haber estado debajo de un fotingo apretando tornillos, limpiando el tubo de escape repleto de hollín. Era un hombre bajo y regordete, apocado, con acento peninsular. El uniforme parecía venirle grande y el galón amarillento y desgastado sobrarle en los hombros.
Faltaba una hora para el fusilamiento a las cuatro de la tarde y Antonio Ramírez Graña, que tenía el tabique nasal roto de un culatazo, lo observaba desde el suelo sucio del pequeño barracón junto al campo de tiro de La Isleta. Con las manos amarradas a la espalda se había orinado encima al no permitirle los guardias hacer sus necesidades desde que lo sacaron del campo de concentración de Gando a las cinco de la mañana. Con media sonrisa le dijo en un susurro al oído a Manuel Hernández Toledo:
—Yo me creía que vendría un jefe después del cura pa darnos el finiquito y mandaron a un chusquero-
El inspector jefe de la policía municipal de San Lorenzo lo miró en silencio con los ojos cómplices. A unos metros el alcalde, Juan Santana Vega y el sindicalista, Francisco González Santana, miraban con rostro triste. Los cuatro en aquella especie de diálogo sin voces sabían que les quedaba muy poco tiempo en la Tierra.
El cabo primero de gesto aburrido se limitó a comprobar que estaban preparados para la ejecución. No dijo nada. Ni siquiera les miró las ataduras. Afuera escucharon el sonido de las botas militares, de la carga y descarga de los fusiles del pelotón. La voz ronca y alcoholizada del teniente Lázaro, abroncando, gritando, insultando, no se sabían los motivos, a los que se encargarían en unos instantes de acribillarlos a balazos.
El quinto condenado que era militar los esperaría custodiado junto al paredón de lava. Matías López Morales, también trabajador del Ayuntamiento maldito, estaba el 29 de marzo del 37 cumpliendo sus últimos meses de servicio militar.
Un soldado de quinta del barrio de San Juan, Ramón Robayna Cabrera, los custodiaba con el máuser en aquel pequeño recinto antesala del horror. El joven maestro pedrero se convirtió sin quererlo en testigo directo de esa escena final para que no quedara en el olvido.
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