5 de septiembre de 2026

Fue cuando la brisa olía a perfume

«[El motivo es] sacarlas del olvido y de esa maraña, esa hojarasca terrible de la impunidad, y hacerlas que brillen con su luz propia.»

Susana Falcón. Periodista y escritora

La mañana del lunes 20 de julio de 1936, la maquinaria represiva en la capital grancanaria se activó de forma inmediata contra las estructuras culturales de los trabajadores y trabajadoras. Entre los primeros objetivos de las patrullas falangistas se encontraban las mujeres que gestionaban y dirigían el Ateneo Cultural de la Sociedad Obrera de Triana. Sus nombres —Rosita Cabrera, Alicia Amador, Ana Suárez, Carmita Bethencourt, Carla Dumpierrez y Pino Santiago— figuraban en las listas negras confeccionadas con anterioridad al golpe de Estado, las cuales contemplaban la detención, el confinamiento y, en numerosos casos, la eliminación física de más de cinco mil personas en toda la isla.

La detención de estas mujeres dio paso a un ritual de castigo público diseñado específicamente para desmantelar su influencia social. En las dependencias improvisadas por las fuerzas sublevadas, los captores les introdujeron embudos en la boca para obligarlas a ingerir más de medio litro de aceite de ricino, un potente laxante utilizado sistemáticamente como método de tortura política. Posteriormente, fueron obligadas a desfilar en fila india a lo largo de la calle Mayor de Triana, una de las principales arterias comerciales de la ciudad, ante la mirada de cientos de transeúntes.

A los pocos minutos de comenzar la marcha, los efectos químicos del compuesto provocaron náuseas, vómitos y la pérdida del control de esfínteres entre las detenidas, cuyas vestimentas quedaron severamente manchadas en plena vía pública. El propósito de la exhibición no era únicamente el castigo físico, sino la degradación moral y la anulación del prestigio de unas mujeres que, siendo hijas de familias trabajadoras, habían accedido a la educación superior y ejercían profesiones como el magisterio, la enfermería o la abogacía, desafiando el rol tradicional impuesto por los sectores conservadores.

El recorrido punitivo se prolongó durante toda la tarde por las calles de Triana y vías anexas, jalonado por las burlas y el hostigamiento de los miembros de Falange que custodiaban el convoy. Durante el trayecto, uno de los jefes de centuria de la organización paramilitar, Manolo Barbér, llegó a manifestar abiertamente ante los presentes la intención de trasladar a las prisioneras a las dependencias militares al caer la noche, haciendo alusión al uso de los cuerpos de las detenidas como elemento de gratificación y satisfacción sexual para la tropa.

Cuando el desfile de la infamia por la calle Triana llegó a su fin, los falangistas cumplieron la amenaza lanzada por el jefe de centuria. Rosita Cabrera, Alicia Amador, Ana Suárez, Carmita Bethencourt, Carla Dumpierrez y Pino Santiago fueron conducidas a empujones a los sótanos de la sede de Falange en la calle Albareda. Allí, despojadas de toda protección legal, las seis mujeres del Ateneo Cultural sufrieron durante horas la agresión sexual sistemática de la tropa y los mandos paramilitares que celebraban el triunfo del golpe de Estado. Aquel ensañamiento físico no buscaba solo castigar su militancia, sino destruir por completo la dignidad de las hijas de la clase obrera que habían osado estudiar y organizar la cultura del barrio.

El calvario de las seis jóvenes se prolongó durante varias semanas en una celda de confinamiento sin ventilación, donde apenas recibieron agua para limpiar las secuelas de las violaciones y los efectos del aceite de ricino. A principios de agosto, las autoridades militares firmaron las órdenes de traslado definitivo para dispersar al grupo y ocultar el crimen cometido en la capital. Rosita y Alicia fueron subidas de madrugada a un camión militar con destino a los acantilados de la Marfea, donde sus cuerpos, lastrados con pesadas piedras de pescar, fueron arrojados al fondo del Atlántico.

Las cuatro compañeras restantes —Ana, Carmita, Carla y Pino— fueron enviadas en un convoy de prisioneros hacia los barracones desbordados de La Isleta. Su paso por el campo de concentración fue breve; debido al colapso de las instalaciones y al riesgo de infecciones, las derivaron en un transporte masivo hacia el sur, quedando confinadas bajo el régimen de trabajos forzados en los llanos desérticos de Casa Pastores en las tierras del Conde. Ninguna de las seis regresó jamás a las aulas ni a sus despachos y centros sanitarios, borradas de la vida pública por un sistema represivo que convirtió sus nombres en parte de la gran fosa invisible que rodea la historia de la isla.

About The Author