«¿Cómo puede ser el agua un cementerio? El mar todo lo guarda, pero también todo lo devuelve.»
Patricio Guzmán
El viento del norte siempre traía un aire helado, pero aquella tarde del dos de septiembre pesaba más de la cuenta. En la pequeña cala cerca del muelle, el único ruido era el roce áspero de las redes entre los dedos agrietados de los marineros. Remendaban en silencio, con la vista baja. En 1937, mirar al cielo o levantar la voz te podía costar la vida. Las islas no tenían frente de guerra, pero los camiones cargados subían a las cumbres al anochecer y bajaban vacíos antes del alba. Todo el mundo lo sabía. Nadie decía nada.
—Muchachos. Miren pallá.
La aguja de coser se quedó suspendida en el aire. A unos doscientos metros, entre el oleaje espeso, algo flotaba. No era una madera o un cetáceo muerto. La marea lo traía despacio, empujándolo contra los callaos de la orilla con una insistencia casi macabra.
Los hombres se quedaron paralizados. El miedo en la costa se contagia sin palabras; sabían lo que el mar escondía. Llevaban meses escuchando el rumor de las «desapariciones», las ejecuciones en las embarcaciones de la muerte donde el Atlántico se tragaba cientos de vidas para siempre. Pero la inmensidad oceánica tiene sus propias leyes, y a veces se cansa de guardar secretos.
Antonio Sosa no esperó a que la corriente terminara el trabajo. Se quitó las botas, se tiró al agua y empezó a romper la espuma a brazadas. El agua del norte corta el cuerpo, pero a él le quemaba más la prisa.
Cuando llegó a la altura del bulto y logró voltearlo, el estómago se le revolvió.
Era un hombre viejo. El pelo blanco, empapado de salitre, le tapaba parte de la cara hinchada. Llevaba al menos tres días a la deriva, a juzgar por la piel deshecha y el abdomen deformado por los gases. Pero lo que hizo que Antonio se ahogara con su propia saliva no fue la muerte, sino la saña: el viejo tenía las manos amarradas a la espalda, apretadas con un alambre de espinos que le había cortado los tendones. Del cuello le colgaba un trozo de soga gruesa, deshilachada. El cabo roto de un apotalamiento. La piedra que debía hundirlo para siempre en el abismo se había soltado, y el mar, bravo y rabioso, lo traía de vuelta a casa.
Toño lo arrastró hasta la orilla como pudo, exhausto, arrastrando los pies por el fango arenoso.
Los demás pescadores se acercaron despacio. Se quitaron los sombreros, no por protocolo, sino por esa parálisis que genera el espanto. Alguien reconoció la chaqueta de pana gastada. Nadie dijo quién era en voz alta. Decir un nombre en la playa equivalía a cavar tu propia fosa al día siguiente.
Se quedaron ahí, rodeando el cadáver húmedo mientras el agua le lamía los pies inertes. El norte de Gran Canaria acababa de escupir la verdad en mitad de la arena, y ahora aquellos hombres tenían delante un secreto que los podía perseguir mientras vivieran.
La noticia corrió por las plataneras antes de que el cuerpo terminara de secarse en la arena. En el pueblo, a cuatro kilómetros de la costa, el aire se volvió de plomo.
En la cocina de una humilde vivienda Encarnación no había soltado el rosario en tres días. Sus hijas, María y la pequeña Rosita, pálida y que apenas hablaba, cosían cerca de la ventana, simulando una normalidad que se rompía cada vez que un perro ladraba en la calle. Hacía setenta y dos horas que se habían llevado al viejo. Tres noches desde que los golpes en la puerta de madera astillaron el silencio de la madrugada, dejándoles solo el recuerdo de unas botas embarradas y el motor de un camión perdiéndose por la pista de tierra.
De repente, el estruendo de una moto con sidecar rompió la tarde. Luego, el coche gris del jefe de Falange.
—Ya vienen —susurró María, soltando la aguja. Las manos le temblaban tanto que pinchó el paño blanco con una gota de sangre.
En la playa el suelo vibró. Sosa y los otros tres pescadores ni siquiera habían tenido tiempo de mover el cuerpo hacia las cuevas del acantilado cuando los falangistas y la pareja de la Guardia Civil bajaron a zancadas por el barranco, con los fusiles desenfundados y las camisas azules empapadas de sudor y rabia. El chivatazo había sido rápido.
—¡Nadie se mueva! —rugió el que mandaba, un sargento joven del pueblo vecino al que todos conocían antes de que se pusiera el tricornio.
Los marineros dieron tres pasos atrás, con las manos abiertas y las cabezas gachas, fijando los ojos en los callaos húmedos. El suboficial se acercó al cadáver. Lo tocó con la punta de la bota, dándole la vuelta al rostro hinchado que el mar había devuelto. No hubo compasión en su mirada, solo mucha rabia. La molestia de quien ve un trabajo mal hecho. La soga rota y el alambre seguían allí, gritando la verdad.
—Este viejo se ahogó pescando ¿oyeron? —dijo el fascista, mirando fijamente al pobre Antonio. Su voz no admitía réplicas—. Un accidente. ¿Verdad, Sosa? El pescador tragó saliva. La boca con sabor a sal y vomito. Sabía que una palabra equivocada lo subiría a ese mismo camión antes de que cayera la noche.
—Sí, mi sargento. Un accidente —respondió, con la voz rota.
Mientras los guardias cargaban el cuerpo en la trasera del camión de plátanos como si fuera un saco de papas podridas, la orden fue clara: si alguien hablaba de la verguilla o de la soga, la playa se quedaría sin pescadores al día siguiente. El motor rugió de nuevo, dejando tras de sí una nube de polvo y el olor rancio del combustible.
Kilómetros arriba, Encarnación escuchó el vehículo pasar de largo hacia el cuartelillo. No salieron a la calle. No hubo entierro, ni velatorio, ni cruz con su nombre. Pero cuando el silencio regresó al pueblo, la anciana guardó el rosario en el delantal, miró a sus hijas y, sin derramar una sola lágrima, supo que el mar les había devuelto la certeza que los vivos les negaban. El viejo ya no iba a volver, pero al menos no descansaría en el olvido.
Más historias
La pasión según Juan Domingo Viera
Articulación de lo eterno
Las tejedoras de Tenoya