30 de agosto de 2026

La pasión según Juan Domingo Viera

«El miedo seca la boca, moja las manos y mutila… La dictadura militar, miedo de escuchar, miedo de decir, nos convirtió en sordomudos».

Eduardo Galeano – El libro de los abrazos

El verano de 1936 se extinguió en las cumbres sin que los hermanos Viera Trujillo tuvieran un solo día de paz. Su universo se había reducido a la geografía de la piedra: los riscos de Tejeda, las oquedades ocultas de los barrancos y las cuevas abandonadas que los antiguos canarios labraron en la roca siglos atrás. Aquellos agujeros, oscuros y húmedos, pasaron de ser refugios temporales a convertirse en sus únicas fortalezas. Vivir como un «alzado» —un huido en su propia tierra— significaba aprender a volverse invisible. Durante el día, el mayor peligro era el movimiento. Cualquier silueta recortada contra el cielo de la cumbre podía levantar las sospechas de las patrullas de Falange o de algún delator. Por eso, Juan Domingo y Ramón pasaban las horas de sol agazapados en el fondo de las cuevas, en un silencio sepulcral que solo rompía el zumbido del viento. Aprendieron a descifrar cada eco del monte: el graznido de un cuervo, el desprendimiento de una piedra a lo lejos o el ladrido de un perro de pastor eran señales de alerta que les hacían contener la respiración durante horas, pegando la oreja al suelo.

La noche era el único momento para intentar seguir vivos, pero también su peor enemiga. Al amparo de la oscuridad, los hermanos bajaban ladera abajo guiados por la desesperación del hambre. La subsistencia era precaria. Sobrevivían recolectando frutos silvestres, desenterrando raíces o robando algún fruto de los cultivos de secano. En ocasiones, la fortuna dependía de la solidaridad clandestina de algún pastor o agricultor de la zona profunda de las cumbres que, arriesgando su propia vida frente a los fusilamientos, les dejaba un mendrugo de pan, un trozo de queso duro o un poco de gofio escondido entre las pitas.

—Si te arrimas a las casas de campo, hazlo por la trasera y sin pisar las hojas secas, Ramón —le advertía Juan Domingo una noche, mientras compartían a oscuras un puñado de higos pasados—. Si los perros ladran, corre hacia el risco alto, nunca hacia el camino principal.

El aislamiento no solo castigaba el cuerpo; minaba el espíritu. Con apenas veinte y diecinueve años, el peso del miedo los transformó. En la negrura de las cuevas, la incertidumbre sobre lo que estaba ocurriendo abajo, en Telde y Jinámar, se volvía insoportable. No sabían si sus padres seguían vivos, si sus amigos habían sido arrestados o si la persecución terminaría alguna vez. El silencio exterior alimentaba sus peores pesadillas.

Cuando el otoño dio paso a los primeros días de noviembre, el clima se volvió hostil. El calor sofocante del verano en los riscos fue sustituido por una niebla densa y helada que se colaba hasta el fondo de las rocas. La ropa con la que habían escapado en julio estaba hecha jirones, apenas unos trapos sucios que no los protegían de la humedad del norte de la isla. El frío calaba los huesos y la humedad de la cueva les provocaba fiebres que debían soportar a base de pura resistencia física.

La necesidad de calentarse los llevó, en las noches más gélidas de finales de noviembre, a cometer el error que sellaría su destino: encender pequeñas hogueras en zonas resguardadas como el barranco de El Espinillo. Sabían que el humo o el resplandor de las brasas era una sentencia de muerte, pero el frío extremo del invierno en la cumbre ya les impedía mover los dedos. Fue esa pequeña pira moribunda, encendida para no congelarse antes del amanecer, la que terminó por delatar la posición de los dos muchachos ante los ojos que vigilaban la cumbre.

La madrugada del dos de diciembre de 1936, el frío en el barranco de El Espinillo cortaba como un cuchillo. Ramón se despertó tiritando. Se arrimó a la hoguera, pero el fuego ya era solo un puñado de cenizas grises que apenas daban calor. A su lado, su hermano mayor, Juan Domingo, dormía profundamente con la cabeza apoyada en un hatillo de ropa.

Ramón estiró la mano para recoger unas ramas secas, pero se detuvo en seco. Un crujido de piedras ladera arriba rompió el silencio del barranco. Luego, el eco inconfundible de un cerrojo de fusil.

—¡Arriba! ¡Ni se les ocurra moverse! —bramó una voz ronca desde la penumbra.

Juan Domingo abrió los ojos de golpe y saltó sobre sus botas, pero la boca de un Mauser ya le apuntaba directamente al pecho. Una decena de hombres con camisas azules y correajes de cuero bajaban por la vertiente, cercándolos contra la roca.

—Tranquilo, Ramón, no hagas nada —susurró Juan Domingo de inmediato, interponiéndose sutilmente entre los fusiles y su hermano pequeño—. Ya nos vieron.

Uno de los falangistas, con los ojos inyectados en sangre por la caminata nocturna, avanzó pegándole un empujón con la culata del arma a Juan Domingo.

—Míralos qué cómodos estaban los hijos de puta —escupió el hombre, registrando el suelo con la bota—. ¿Cinco meses corriendo por las cumbres y los venimos a coger durmiendo? Se les acabó el viaje, muchachos.

Ramón, a quien todos en el pueblo llamaban «el Corujo», miró a su hermano con los labios partidos por el frío y el miedo apretándole la garganta.

—Juan… nos van a llevar a Jinámar —consiguió decir en un hilo de voz.

La sola mención de Jinámar heló la sangre de los hermanos. En su mente todavía estaban grabadas las noches de julio en Telde, los gritos en las calles, los camiones arrancando a oscuras y los nombres de los vecinos que nunca regresaron. Por eso habían corrido hacia el monte, viviendo como animales, saltando de cueva en cueva y mendigando mendrugos de pan a los pastores.

—Cállate la boca, machango —le gritó otro de los captores mientras les amarraba las manos a la espalda con una soga de esparto—. En Jinámar ya no queda sitio para ustedes. Van directos a Las Palmas.

Juan Domingo sintió el dolor de la cuerda apretándole las muñecas, pero no apartó la mirada de los ojos de su hermano. Intentó forzar una entereza que no tenía.

—Camina, Ramón. No dejes de caminar y mírame a mí. No los mires a ellos.

El grupo empezó a ascender el barranco bajo la luz gris de un amanecer plomizo. Detrás quedaba la hoguera del todo apagada, el último refugio de dos muchachos humildes.

El camino de bajada desde el barranco de El Espinillo fue un calvario de golpes y humillación. Con las manos a la espalda la soga les cortaba la circulación, Juan Domingo y Ramón fueron empujados ladera arriba hacia las pistas donde aguardaban los vehículos de la Falange. Los culatazos en los riñones castigaban cada tropiezo provocado por el cansancio y las botas desgastadas.

—¡Caminen, escoria, que hoy duermen calientes! —les gritaba uno de los custodios, un falangista joven de Telde que Ramón reconoció de vista como el hijo del carnicero, lo que le hizo agachar aún más la cabeza.

Al llegar a la carretera general, el frío de la cumbre dio paso al estruendo metálico de un camión del Conde. Los arrojaron a la parte trasera, sobre el piso de madera salpicado de grava y aceite. Junto a ellos viajaban cuatro guardias armados que no les quitaron la vista de encima en todo el trayecto. El motor arrancó con un traqueteo violento, y el vehículo comenzó a serpentear por las cerradas curvas que descendían de la montaña hacia la costa.

El traqueteo del camión hacía que los hermanos chocaran el uno contra el otro en cada viraje. Ramón, con los ojos fijos en el suelo, temblaba incontrolablemente. No era solo el frío del amanecer que se colaba por los costados de la lona; era el terror a lo que venía.

—Juan… —susurró Ramón, arrimando su hombro al de su hermano para que los guardias no lo escucharan—. ¿Nos van a llevar al cuartel de Telde? Si nos ve madre así…

—¡Callaos la boca ahí atrás! —bramó un guardia con acento andaluz, plantando la bota cerca de la cara de Ramón—. Como vuelva a oír un pío, les aseguro que el viaje termina en la próxima cuneta.

Juan Domingo miró de reojo al sicario y luego buscó los ojos de su hermano pequeño. No podía hablar, pero en su mirada intentó transmitirle el mismo pacto de silencio que los había mantenido vivos en las cuevas. Con un leve movimiento de cabeza, le indicó que no volviera a abrir la boca. Sabiendo el destino que corrían los detenidos en el municipio, el cuartel de Telde o la Sima de Jinámar eran sinónimos de una ejecución inmediata. Su única esperanza, por remota que fuera, era llegar vivos a los centros de detención oficiales de Las Palmas.

A medida que el camión perdía altitud, el aire se volvía más denso y cálido, cargado con el olor a salitre de la costa. El paisaje de riscos y pinos dio paso a los campos de plataneras de la capital. Tras casi dos horas de un viaje agónico, el vehículo se adentró en las calles de Las Palmas de Gran Canaria. El traqueteo sobre el empedrado urbano anunció el final del trayecto.

El camión frenó en seco frente al improvisado centro de reclusión de las fuerzas sublevadas en Luis Antúnez. Al bajarse la lona trasera, la luz del mediodía los cegó por un instante. Una fila de hombres armados los esperaba para conducirlos al interior de los calabozos, donde el eco de los cerrojos de hierro y el olor a humedad y miedo les confirmaron que la libertad que habían defendido en las cumbres se había terminado para siempre.

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