7 de septiembre de 2026

La fuga hacia el infierno

«La ley de fugas no perseguía ni justificaba otra cosa que no fuera la eliminación física del detenido; por eso mismo debe ser considerada como una ejecución extrajudicial premeditada.»

Eduardo de Guzmán

El camión se desvió de la carretera del sur por una pista de piedras que moría en la playa de Vargas, y allí mismo, en mitad de la negrura, obligaron a bajar a Vicente Espino y a Damián Corujo. En el vehículo se quedaron diez hombres más, sentados en el suelo de madera y con las manos amarradas a la espalda, esperando en silencio su propio turno. El jefe falangista de Agüimes, Domingo Melián, los llevó caminando hacia una explanada desierta donde no se oía más que el bramido del Atlántico y el canto asustado de los alcaravanes y las calandras, que revoloteaban sobre la tierra yerma protegiendo los nidos que construían en el suelo con piedras y ramas secas.

Melián se paró ante ellos y, jugando a ser Dios en una isla sin ley, les soltó una promesa que apestaba a trampa:

—Los voy a dejar marchar porque nos conocemos desde niños. Pero corran todo lo que puedan, escóndanse y, en cuanto tengan la menor oportunidad, salgan de la isla. Aquí ya no tienen futuro. Les doy esta oportunidad por la amistad que nos unía antes de que empezara la Santa Cruzada.

Pero la piedad de los camisas azules no existía; aquello era solo el prólogo de una cacería sádica. A la espalda de Melián, saliendo de la oscuridad, aparecieron varios pistoleros del somatén. Llegaban tambaleándose, con una botella de ron del Charco semivacía en las manos y una media sonrisa de borrachos que anticipaba el espanto.

—¡Corran, coño! —les gritó el jefe falangista.

Pero Vicente y Damián apenas podían moverse. Tenían los cuerpos atenazados por el miedo y los músculos destrozados tras días de tortura salvaje en el almacén de tomates de Santiaguito Morales.

—¡Que corran! —insistía Melián.

Los dos hermanos iniciaron entonces una carrera lenta, agónica, avanzando a trompicones hacia la orilla de la playa de Vargas. Iban cojeando, rotos en cuerpo y alma, arrastrando los pies sobre los pedruscos mientras a sus espaldas se desataba la diversión de los verdugos. No hubo salvación ni huida. Las risas de los somatenes llenaron la explanada justo antes de que las detonaciones de los disparos apagaran el canto de los pájaros. Los acribillaron a balazos por la espalda, convirtiendo el simulacro de libertad en una ejecución cobarde que dejó sus cuerpos tirados sobre la arena de Agüimes.

A la mañana siguiente, con la bajamar, los cuerpos de Vicente y Damián quedaron expuestos sobre la arena húmeda, convertidos en un problema que los falangistas de Agüimes debían ocultar antes de que los pescadores bajaran a la costa. Domingo Melián no quería testigos ni entierros que dejaran rastro en el municipio. Bajo sus órdenes, varios miembros del somatén, todavía arrastrando la borrachera de la noche anterior, subieron los cadáveres ensangrentados a la caja del camión militar y los cubrieron con lonas alquitranadas. Condujeron los restos barranco arriba, alejándose del mar, hacia los terrenos áridos y secos de las medianías, donde las grietas naturales de la piedra volcánica y los pozos secos del interior ofrecían la mortaja perfecta. Allí los arrojaron, sin ataúd y sin registrar, sepultándolos bajo toneladas de piedras, cal viva y escombros con la idea fija de que el tiempo y la tierra se encargarían de disolver los huesos. Para asegurar el secreto, el régimen puso a rodar el rumor oficial de que Espino y Corujo habían logrado escapar de la isla en un barco con destino a América, una mentira administrativa que obligó a sus familias a pasar décadas esperando el regreso de unos hombres que, en realidad, ya formaban parte del lodo y las raíces de los barrancos olvidados.

El rumor de que Vicente y Damián habían logrado burlar el cerco y embarcarse rumbo a América corrió por los callejones de Agüimes con la fuerza de un veneno silencioso. Los falangistas sabían perfectamente lo que hacían al soltar aquella mentira; no buscaban dar esperanza, sino sembrar la desconfianza más absoluta entre los vecinos. De la noche a la mañana, el pueblo se llenó de miradas de reojo y silencios repentinos en las esquinas. La gente empezó a preguntarse quién los había ayudado, qué pescador se había jugado el cuello para sacarlos de la playa de Vargas o qué vecino les había dado cobijo durante la huida. La culpa y el miedo a las represalias se metieron en las cocinas, agrietando amistades de toda la vida y dividiendo a familias enteras que preferían no saludarse en la plaza para no levantar sospechas ante los ojos vigilantes de Domingo Melián.

Para la familia de los dos hombres la falsa huida se convirtió en una tortura psicológica que se prolongó durante décadas. Cada vez que un barco correo llegaba al Puerto de La Luz o que un vecino recibía una carta desde Cuba o Venezuela, a sus madres se les encendía una luz de agonía en el pecho, esperando unas líneas escritas con la letra de sus hijos que nunca iban a llegar. Esa incertidumbre cruel impidió que en sus casas se pudiera llorar un luto limpio; no había tumba donde poner unas flores, pero tampoco certezas para dar el hilo por roto. Vivieron atrapados en un tiempo suspendido, dejando siempre un plato de más en la mesa por si acaso, mientras los mismos pistoleros del somatén que los acribillaron por la espalda se cruzaron con ellos por el pueblo, sosteniéndoles la mirada con una media sonrisa que era el peor de los castigos. El engaño de la fuga no solo borró los cuerpos de Vicente y Damián, sino que condenó a todo Agüimes a vivir bajo el peso de un secreto a voces, donde la verdad estaba enterrada bajo la cal viva de las medianías pero la mentira seguía dictando la ley del miedo en las calles.

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