8 de septiembre de 2026

Diego y el sepulturero

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«(…) Cuando tu cuerpo blanco, mutilado, cayó sobre las aguas de tu cielo, el gris estaño de tu desventura, se partió en mil pedazos.»

Domingo López Torres – Fragmento poema «La patata, de Lo imprevisto»

La búsqueda de la dignidad de nuestros muertos no es una obsesión tardía de los nietos; es un mandato ético que heredamos de unos padres que se jugaron la vida e ingresaron en la geografía del terror siendo apenas unos niños. En mi familia, la larga batalla de más de treinta años por abrir la fosa común del cementerio de Vegueta, en Las Palmas, comenzó a andar formalmente una mañana cualquiera de los años cuarenta, bajo el peso de un saco de pan de papel grueso y el miedo metido en los huesos.

Todo empezó cuando las monjas de la Casa del Niño, en el Paseo de San José, mandaron a mi padre, Diego, a buscar el suministro diario a la panadería del barrio marinero de San Cristóbal. Mi viejo tenía entonces quince años y arrastraba ya la reclusión en aquel hospicio controlado por Falange, el lugar donde la dictadura confinaba a los hijos de los vencidos para extirparles la identidad tras haber fusilado a sus padres. El suyo, mi abuelo Francisco González Santana, había sido pasado por las armas en el campo de tiro de La Isleta el 29 de marzo de 1937.

Con el saco de pan a la espalda y el sudor corriéndole por la frente, Diego decidió desviarse del camino marcado por las monjas y entrar en el cementerio de Vegueta, jugándose el pellejo en cada rincón. Allí, entre el silencio de las tumbas, se topó con un sepulturero mayor que limpiaba con un gran cepillo la zona de los panteones de las familias ricas de la capital. «Hay que mantener limpia esta parte porque si no me cae una bronca», le dijo el anciano con una sonrisa mansa al joven huérfano. Mi padre soltó la carga, se sentó a descansar en un murito y aceptó el porrón de agua fresca que el hombre le ofrecía, sintiendo el alivio del líquido en la garganta como si fuera bendita.

Diego no se anduvo con rodeos. El tiempo corría en su contra y la disciplina del hospicio no perdonaba los retrasos.

—No tengo mucho tiempo, debo estar antes de las diez de la mañana de vuelta en la Casa del Niño —le soltó al hombre, mientras se limpiaba el sudor de la frente con la manga de la camisa—. Solo vengo a saber dónde enterraron a mi padre, Francisco González Santana, el de la Federación Obrera. Lo fusilaron el 29 de marzo del 37 en el campo de tiro de La Isleta. Quizá algún día podamos venir a buscarlo para darle una sepultura digna.

El sepulturero dejó el cepillo apoyado contra el mármol de un panteón y miró hacia los lados, asegurándose de que ningún guarda o falangista rondaba los pasillos de las tumbas señoriales. Luego se acercó despacio a Diego y le puso una mano grande y callosa en el hombro.

—A tu padre lo enterré yo mismo, mi niño —le respondió en un susurro, con una tristeza vieja en los ojos—. Llegó aquí esa misma tarde. El camión militar trajo más de treinta fusilados de golpe, amontonados en la caja trasera como si fueran mercancía. A Francisco lo puse junto al alcalde de San Lorenzo. Ahí mismo, cerca de donde pusieron esa cruz de madera, están los dos, pegados, separados solo por una lápida de mármol que quedó enterrada en el fondo.

Diego miró hacia el punto que el anciano le señalaba con el dedo, memorizando cada piedra, cada ángulo de los muros del cementerio.

—¿Anduviste con cuidado? ¿Se sabe bien quién es cada uno ahí abajo? —preguntó el muchacho, apretando los puños dentro de los bolsillos.

—Yo me encargué de dejarlos colocados con respeto, dentro de lo que se podía en mitad de aquella prisa y aquel espanto —concluyó el sepulturero, volviendo a agarrar el cepillo para disimular ante la aparición de una sombra a lo lejos—. No olvides ese sitio, muchacho. Aunque echen más tierra encima y pasen los años, ellos siguen ahí esperando por los suyos. Ahora vete rápido, que si te cogen hablando conmigo la bronca nos va a caer a los dos.

Esa confidencia clandestina, dicha entre el agua de un porrón y el polvo de los panteones señoriales, fue el mapa invisible que mi padre me entregó antes de morir. Hoy, cuando veo a los advenedizos y a las hienas de la relevancia mediática merodear y manipular nuestra lucha, intentando hacerse los dueños de un dolor heredado, me acuerdo de ese niño de quince años cargando el saco de pan bajo el sol. Esta causa no pertenece a las siglas, ni a los discursos institucionales de un Estado encubridor, ni a los que buscan sillones a costa de la desgracia ajena. Pertenece al secreto que el sepulturero le regaló a Diego; una verdad de barro y lápidas que los nietos, las nietas, seguimos custodiando para cumplir la promesa de devolver a Francisco y a todos los que siguen ahí debajo de la tierra a la luz del día.

Me invade una profunda tristeza al ver cómo personajes oscuros intentan adueñarse y destruir una labor colectiva que a cientos de familias nos ha costado más de treinta años de sacrificios. Es descorazonador comprobar que, además de pelear contra el olvido de las instituciones, tengamos que defendernos de quienes buscan un protagonismo personal sobre un territorio sagrado hecho de dolor transgeneracional. Frente a ese oportunismo, a los familiares nos queda el suelo firme de la decencia: nosotros no estamos aquí para jugar a ser líderes de nada ni para alimentar vanidades, sino para arrimar el hombro desde la sombra y cumplir la única promesa que de verdad importa: dar una sepultura digna a nuestros muertos.

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