7 de agosto de 2026

Luna roja entre las dunas

«La tierra se ha quedado sin palabras, rota la voz en la garganta fría. Solo queda la sombra de los hombres midiendo la distancia de su herida».

Domingo López Torres

La luna llena recortaba la silueta de las dunas gigantes, tiñendo de un blanco sucio los arenales de Guanarteme.

Era el final de septiembre de 1936, pero en aquel istmo desierto que moría en La Isleta no corría el aire, solo el miedo.

Luis Monzón y Carlos Santana hincaron las rodillas en la arena húmeda tras recibir el primer culatazo de la noche. Frente a ellos, arrojados como dos trozos de escombro, esperaban dos sachos viejos. El metal estaba mellado y la madera del mango, oscurecida por costras de sangre seca, revelaba la prisa de los entierros de los días anteriores.

—¡A cavar! —bramó uno de los falangistas, metiéndole la bota en los riñones a Carlos.

El muchacho ahogó un gemido. Su cuerpo, al igual que el de Luis, ya no era más que un mapa de hematomas y costuras rotas.

Llevaban quince días encerrados en los sótanos del Gobierno Civil. Dos semanas donde el tiempo se medía en palizas, interrogatorios a gritos y ensañamientos que les habían quebrado los huesos.

Ninguno de los dos era dirigente de nada; tan solo simples muchachos de la sociedad obrera del sector de la madera y el corcho. Trabajadores que olían a serrín y resina, pero en esos meses de caza de brujas, el simple hecho de estar sindicado bastaba para abrirte una fosa.

El crujido del sacho al hundirse en la arena rompía el silencio de la noche. Alrededor de la fosa en construcción, las camisas azules formaban un círculo, jaleando, fumando, bebiendo ron del charco y escupiendo insultos que se perdían en la inmensidad del paisaje desolado. La única respuesta de la naturaleza venía de arriba: el llanto atemorizado de los alcaravanes. Las aves, espantadas por los gritos de los hombres, sobrevolaban sus nidos en círculos, abandonando a sus crías por unas horas con el presentimiento de que aquel infierno terrenal terminaría por arrasarlo todo.

Cuando el agujero alcanzó casi el metro y medio de profundidad, la arena empezó a desmoronarse bajo sus pies descalzos. Las camisas estaban pegadas a la espalda por el sudor y la sangre de las viejas heridas de la tortura había vuelto a brotar.

—Ya está bien. Salgan de ahí —ordenó Alfredo Rivas, el jefe del grupo, con una voz gélida.

Los obligaron a arrodillarse al borde del agujero. El aroma del salitre se mezcló de golpe con el olor del aceite de las armas. Varios metales chasquearon a la vez cuando los falangistas sacaron las pistolas y les apoyaron los cañones fríos directamente en las nucas.

De repente, un trueno seco rompió la noche. Las balas pasaron silbando, calientes, rozando las orejas de los dos jóvenes antes de perderse en la oscuridad. Había sido una simulación, un último juego de crueldad para verlos suplicar, llorar o quebrarse.

Pero el dolor físico y el cansancio mental eran tan absolutos que ni Luis ni Carlos parpadearon. El miedo se había evaporado, dejando en su lugar una rabia de piedra. Luis, con la boca pastosa y la mandíbula rota, giró levemente la cabeza y escupió las palabras mirando a Rivas a los ojos.

—Déjense de jugar con nosotros, perros fascistas. Disparen ya a nuestras cabezas, malditos cobardes.

Las palabras cayeron como un bofetón en el orgullo de los verdugos. No hubo más órdenes, ni más discursos. Una ráfaga ensordecedora de fuego y plomo acribilló los cuerpos de los dos obreros, que cayeron pesadamente, como fardos vacíos, hacia el fondo de sus tumbas excavadas en la arena.

A unos pocos metros de donde cavaban, el Atlántico seguía rompiendo en calma contra la Barra de Las Canteras, el mismo escenario donde quince años atrás sus madres los llevaban a jugar de niños. En aquella época, cuando la playa era solo un patio inmenso de agua y sol, Luis y Carlos corrían descalzos por la orilla, ajenos al mundo, buscando cangrejos entre las rocas mientras ellas cosían a la sombra o limpiaban el pescado. Era imposible que aquellas mujeres felices, que los miraban crecer con el orgullo humilde de la clase trabajadora, imaginaran jamás que la misma arena fina donde sus hijos levantaban castillos se convertiría, apenas una década después, en la fosa oscura donde unos hombres uniformados enterrarían a balazos sus cuerpos rotos.

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