«El fascismo es un eclipse de la razón y de la humanidad, un momento en que la oscuridad cubre la conciencia colectiva.»
Norberto Bobbio
El mediodía del 2 de octubre de 1959 no trajo luz a Gran Canaria, sino una sombra repentina que heló la tierra. Fuera, la gente miraba al cielo con lentes ahumadas y los animales del campo se echaban a dormir, confundidos por una noche postiza de dos minutos. Dentro de la prisión de Barranco Seco, la oscuridad no fue un espectáculo astronómico; era una losa de hormigón negro que cayó sobre treinta hombres hacinados.
Antonio Guerra Dumpiérrez pegó la espalda a la pared desconchada. El aire en la celda, previsto para cuatro personas y habitado por treinta, era un vapor espeso de sudor, orina y miedo. Aquella mañana no hubo patio. La orden de encierro estricto corrió como un cerrojo seco por las galerías: Domingo «El Fragato» había intentado fugarse, y el castigo en la cárcel siempre era colectivo, ciego y desproporcionado.
De pronto, la escasa claridad que se colaba por el ventanuco se extinguió. No fue el desvanecimiento lento del atardecer, sino un apagón rotundo.
—¿Qué pasa? —susurró una voz herida en el suelo, donde los presos se apiñaban cuerpo contra cuerpo, buscando un palmo donde encajar los huesos.
—El eclipse —respondió Antonio, con la voz gastada por los años—. Lo anunciaron los guardias. El sol se va a tapar del todo.
—Parece el fin del mundo, Antonio —gimió un muchacho joven, pegado a los barrotes de la puerta, intentando adivinar el exterior en la penumbra.
—El fin del mundo fue en el 36, muchacho —sentenció el sindicalista con una amargura seca, arrastrando las palabras—. Esto es solo la luna cruzándose en el camino. Preocúpate más por los vivos que por el cielo.
La luz del día regresó de golpe, hiriendo los ojos de los treinta hombres. Los rayos del sol de octubre volvieron a filtrarse por el ventanuco, dibujando un haz dorado que flotaba sobre la miseria de la celda y alumbrando el cuerpo inerte de Aliseo. Su rostro ya lucía esa palidez definitiva que Antonio había visto demasiadas veces.
Con movimientos mecánicos, curtidos por los años de cautiverio, Antonio se deslizó por el suelo arrastrando las piernas hasta acercarse al cadáver.
—Busquen un trozo de manta —ordenó en voz baja a los que rodeaban el cuerpo—. Rápido, antes de que vengan.
Entre varios hombres, conteniendo la respiración por el hedor y el respeto, estiraron la tela desgastada. Amortajaron a Aliseo como pudieron, doblando los bordes con manos temblorosas pero precisas, repitiendo el ritual de los caídos sin nombre. Cuando terminaron, se sentaron de nuevo a esperar, apretados unos contra otros en el reducido habitáculo.
Pasaron dos horas hasta que el eco de unas botas pesadas retumbó en la galería. El cerrojo de hierro crujió con un golpe seco que sobresaltó a los más jóvenes. La pesada puerta se abrió a medias y la silueta del carcelero recortó la entrada.
—Uno menos, cabo —dijo Antonio desde el suelo, sin levantar la vista, con una calma que desafiaba la autoridad del uniforme.
El guardia soltó un bufido de desprecio y se dio la vuelta para gritar hacia el pasillo:
—¡Traigan la carrucha! Otro canario que dobla el lomo.
El chirrido de las ruedas de madera sobre el cemento del pasillo era el sonido más temido en Barranco Seco. Dos presos de confianza entraron, arrastraron el fardo que contenía a Aliseo y lo cargaron en el armatoste. Sabían perfectamente cuál era el itinerario: el patio trasero, el furgón gris que aguardaba con el motor en marcha el viaje definitivo hacia la fosa común del cementerio de Vegueta, donde la cal viva borraría el último rastro de su existencia si nadie reclamaba el cuerpo en unas horas.
Al cerrarse de nuevo el portón, devolviendo la celda a su penumbra habitual, Antonio apoyó la nuca contra la piedra. El olor a muerte y el encierro colectivo por el intento de fuga de «El Fragato» le trajeron de golpe el eco de otros muros. Su mente viajó diez años atrás, al campo de concentración de Gando.
Allí, a finales de los cuarenta, el horror no tenía techo. Recordó las caminatas forzadas bajo el sol de justicia del sureste de la isla, el viento sahariano que cortaba los labios y la arena que se metía en los ojos y en las llagas de las piernas. En Gando, el castigo no era la oscuridad de una celda, sino la inmensidad de un desierto vallado con alambre de espino donde los presos políticos morían de sed y tuberculosis bajo la mirada indiferente de los fusiles. Aquella cadena perpetua que arrastraba comenzó entre los barracones del campo, y ahora continuaba en aquel infierno carcelario.
Antonio miró fijamente el suelo de cemento, donde el espacio de Aliseo ya había sido ocupado por otro compañero que buscaba un sitio para estirar las piernas. El eclipse del siglo había durado dos minutos para el resto del mundo, pero para ellos, la sombra de la represión seguía siendo eterna.
En su mente, el chirrido de la carrucha alejándose por el pasillo de Barranco Seco se transformó en el silbido del viento sur. Antonio cerró los ojos y, por un instante recordó el tacto áspero del pico y la pala. Los trabajos forzados consistían en romper la piedra volcánica bajo un sol que caía como plomo derretido sobre las espaldas desnudas y llagadas. El viento cargado de tierra, les llenaba la boca de polvo y les secaba la garganta hasta convertirlos en espectros vivientes. La sed era el verdadero carcelero en Gando. Te daban un jarro de agua salobre al día, apenas suficiente para no caer fulminado, mientras los guardias vigilaban con las armas cargadas.
—Si te caes, te quedas —les repetían.
Y Antonio vio caer a muchos. Hombres de ideas firmes, maestros, campesinos, alcaldes, abogados, trabajadores humildes…, que terminaban con las manos deshechas, consumidos por el tifus y la falta de alimento. Cuando las fuerzas flaqueaban y el cuerpo no respondía al pico, la culata de un fusil recordaba el precio de la derrota. Al caer la noche, el refugio eran unos barracones masificados donde el frío calaba hasta los huesos con la misma crueldad con la que el sol los había abrasado horas antes. De aquella cantera de Gando salió la condena a cadena perpetua que lo sepultó en Barranco Seco; allí se le endureció el alma y aprendió a mirar a la muerte de frente, sin pestañear.
Un quejido sordo del preso que se acomodaba a su lado lo devolvió bruscamente al mediodía de 1959.
Antonio abrió los ojos. La luz del sol, ya completamente recuperada tras el eclipse, golpeaba con fuerza el ventanuco de la celda. Antonio se reajustó la chaqueta vieja, se pegó un poco más a la pared de piedra y siguió esperando. El sol de fuera había vuelto a brillar para toda la isla, pero dentro de los muros de Barranco Seco, la larga noche de los vencidos continuaba intacta.
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