«El monte no castiga al que se esconde de la injusticia; lo abraza con la misma sombra con la que el silencio canario guarda los nombres de los que no quisieron doblar la rodilla.»
Francisco Tarajano
El amanecer de Guguy en noviembre tenía siempre el mismo sabor a sal y frío pegado a los huesos. Aquella mañana, la arena fina, negra y pesada de la orilla devolvía el primer reflejo gris del cielo. Mario se incorporó primero, sacudiéndose el rastro del refugio improvisado con cañas donde habían pasado las últimas tres noches. Rosa no tardó en seguirlo; el sueño de los últimos seis meses nunca había sido real, sino una vigilia tensa, con el oído puesto en cualquier crujido que bajara de los riscos.
Llevaban tres días allí, atrapados entre los acantilados gigantescos y el océano, intentando asimilar el cambio. Venían de los pinares densos y umbríos de Linagua, de un encierro verde y asfixiante donde cada sombra parecía el tricornio de la Guardia Civil o la camisa falangista de los que habían desatado la caza desde aquel fatídico viernes 17 de julio de 1936. Seis meses huyendo, durmiendo sobre la pinocha, comiendo lo que la tierra o algún pastor compasivo les daba, para terminar en esa playa aldeana que se percibía como el fin del mundo.
Fue Rosa quien lo vio primero. Un bulto oscuro rompía la monotonía del oleaje suave de la orilla.
—Mario, mira —susurró, con esa voz baja que se le había quedado grabada a fuego para no llamar la atención en el monte.
Al acercarse, el chapoteo se hizo evidente. Era una cría de delfín.
La piel grisácea y húmeda brillaba con los primeros rayos de luz mientras el animal golpeaba la arena con desesperación. Una ola corta lo cubría a medias, pero la resaca, en lugar de arrastrarlo hacia el fondo, lo dejaba otra vez varado, indefenso ante la inmensidad del Atlántico. Más allá de Rompiente, donde el agua se volvía azul oscura y profunda, una silueta sutil cortaba la superficie: la madre, probablemente, esperando un milagro que el mar no parecía dispuesto a regalarle.
Mario y Rosa se detuvieron a un par de metros. El animal cesó por un segundo su batallar agónico y pareció mirarlos. En su ojo oscuro y limpio no había el salvajismo del océano, sino un desamparo idéntico al que ellos llevaban a cuestas desde el golpe militar. Era la misma lucha: el intento desesperado por volver al lugar al que pertenecían, el miedo a morir atrapados en una orilla extraña.
Mario no se lo pensó. Se descalzó rápido, tirando las alpargatas desgastadas sobre la arena seca, y avanzó hacia la orilla con el agua fría mordiéndole los tobillos. Rosa lo siguió de inmediato, recogiéndose la falda descolorida entre las piernas. El miedo a ser descubiertos seguía ahí, latente, un instinto grabado a fuego tras seis meses de persecución, pero ver a aquel animal agotándose contra la corriente anuló cualquier rastro de prudencia.
El delfín pesaba más de lo que imaginaban. Su piel era resbaladiza, fría y tensa como el cuero húmedo. Cada vez que intentaban empujarlo, una nueva ola los golpeaba con fuerza, desestabilizándolos y devolviendo la cría de nuevo a la orilla.
—¡Por la cola, Mario! ¡Sostenlo por ahí mientras empujo el cuerpo! —gritó Rosa, olvidando por un segundo la regla de oro de no alzar la voz en campo abierto.
El oleaje rompía contra sus pechos, empapándoles la ropa vieja que traían desde los pinares. Mario hundió los brazos en el agua espumosa, sintiendo el latido acelerado y asmático del animal bajo sus manos. Coordinando sus fuerzas con el vaivén de la resaca, lograron arrastrarlo un par de metros hacia la zona donde el fondo caía de golpe.
Fue justo en ese instante de máxima exposición, expuestos en mitad de la línea de la costa y recortados contra la claridad del amanecer, cuando un silbido agudo rasgó el aire desde lo alto del acantilado. Una piedra pequeña rodó ladera abajo, rebotando contra los riscos hasta caer a plomo sobre la arena. Ambos se congelaron, con el agua por la cintura, sabiendo que si alguien miraba desde los senderos superiores de la cala grande, eran un blanco perfecto.
El miedo los espoleó con la fuerza de un latigazo. Olvidándose del cansancio y del silbido que aún resonaba en el eco del barranco, Mario y Rosa hundieron los brazos bajo el cuerpo del animal. Esperaron el empuje de la siguiente ola y, con un grito sordo que se tragó el rugido del mar, lo lanzaron con todas sus fuerzas hacia el abismo profundo.
El delfín pareció dudar un segundo, hundiéndose en la espuma, pero enseguida la aleta dorsal cortó el agua limpia con un vaivén enérgico y firme. Más allá de la rompiente, un lomo más grande emergió brevemente antes de que ambos desaparecieran en el azul del Atlántico.
No hubo tiempo para celebrar. Mario agarró a Rosa por la muñeca y corrieron descalzos hacia los paredones de piedra oscura que flanqueaban la playa. El agua les chorreaba por la ropa, pesada como el plomo, entorpeciendo cada paso sobre la arena mojada. Se arrojaron casi de cabeza tras una de las grandes rocas desprendidas del acantilado, justo donde la maleza seca y los matojos de costa ofrecían un mínimo camuflaje.Apenas acababan de acurrucarse, conteniendo el aliento y pegando la espalda al risco helado, cuando las voces llegaron desde el sendero que bajaba por el paso de la montaña. Eran pisadas pesadas, de botas de cuero militar, acompañadas por el tintineo metálico de los mosquetones.
—Te digo que escuché algo abajo —gruñó una voz ronca, pastosa por el frío de la mañana—. Mira la arena, hay marcas frescas de pisadas que van directas al agua.
Rosa cerró los ojos con fuerza y hundió la cabeza en el pecho de Mario. Él apretó los dientes, sintiendo el corazón galoparle en las costillas, mientras observaba de reojo la silueta de dos hombres recortados contra el cielo del amanecer, asomados al borde mismo de la playa.
Una ola más alta que las demás rompió con fuerza, extendiendo una sábana de espuma blanca que lamió la orilla y se retiró arrastrando la arena. Al retirarse, el rastro de los pasos apresurados y el revuelo del rescate quedaron diluidos en un dibujo liso y uniforme de jabres mojados. Las alpargatas de Mario, por pura fortuna, habían quedado sepultadas bajo un puñado de algas y matorrales secos que el viento de la costa empujaba de madrugada.
Desde lo alto del risco, las dos siluetas oscuras escudriñaron la playa con desconfianza. Uno de ellos escupió al suelo y apoyó el fusil en el hombro.
—Ahí no hay nada, cristiano —dijo el otro, el que no había hablado antes, con una voz aburrida y cansada de dar tumbos por los pedregales—. Serían las pardelas o algún bicho que bajó a la orilla. La marea se lo está llevando todo. Vámonos pal pueblo, que con este frío no hay cuerpo que aguante.
El hombre de la voz ronca maldijo entre dientes, echó un último vistazo al Atlántico que empezaba a brillar con reflejos plateados y dio la vuelta. El sonido de sus botas pesadas golpeando los riscos del sendero comenzó a alejarse, perdiéndose poco a poco en el eco del barranco.
Mario y Rosa no se movieron. Siguieron pegados a la piedra, asimilando el frío de la ropa empapada y escuchando únicamente el rumor rítmico del mar. Tardaron varios minutos en atreverse a mirarse a los ojos, con el pecho todavía agitado pero con la certeza de que, al menos por ese día, la suerte seguía de su parte.
El rumor del océano fue quedando atrás, sepultado por el silencio mineral del Barranco de Guguy. Con los primeros rayos del sol coronando los riscos, Mario y Rosa emprendieron la marcha hacia arriba, trepando por el cauce seco que se adentraba en las entrañas de la isla. Caminaban despacio, con los cuerpos tullidos por el frío del mar y la ropa evaporando la sal con el calor del esfuerzo, pero con los ojos fijos en la inmensidad de piedra que se abría ante ellos.
Atrás dejaban la orilla donde un milagro breve les había recordado lo que significaba la libertad. Ahora, la montaña los reclamaba de nuevo. Se dirigían hacia los dominios del pinar o los andenes más inaccesibles de la cordillera, buscando una cueva colgada en el vacío, un abrigo de cabreros abandonado, cualquier grieta remota donde el eco de las botas y la cacería fascista no pudiera alcanzarlos.
A medida que ganaban altura, la playa aldeana se redujo a una línea delgada entre el acantilado y el azul infinito. Mario se detuvo un instante y tomó la mano de Rosa; sus dedos, gastados por la pinocha del monte y la roca viva, se entrelazaron con fuerza. No sabían cuántos meses más tendrían que vivir como sombras entre las sombras, pero mientras el barranco los abrazara con su silencio de siglos, seguirían vivos, invisibles y libres, esperando el fin de la tormenta en el corazón del infierno.
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