8 de septiembre de 2026

El delirio de Alábascal

«La teoría de las razas no es más que una burda falsificación científica al servicio de un instinto asesino; un intento de dar apariencia de ley natural a lo que solo es odio, soberbia y miedo al espíritu.»

Franz Boas

El debate sobre la identidad y la «esencia» española suele reaparecer en la arena pública cargado de una épica que choca de frente con la realidad de los datos. Se habla con frecuencia de la «furia» o de una identidad nacional incontaminada, un relato que la retórica de la extrema derecha intenta patrimonializar. Sin embargo, basta con abrir un libro de historia —conocer el legado de Al-Ándalus— o, mejor aún, un mapa genético, para que ese espejismo de homogeneidad se desmorone por completo.

Resulta llamativo ver a Santiago Abascal y a muchos del PP presumiendo de una supuesta esencia racial y un orgullo castizo inalterable, cuando la ciencia demuestra que el concepto de pureza en la Península Ibérica es un absurdo biológico. Esta obsesión por la homogeneidad, la mitificación de la tierra y el rechazo explícito al mestizaje replica de manera alarmante los pilares estructurales de la ideología nacionalsocialista alemana. Los nazis fundamentaron su cosmovisión en el Blut und Boden (Sangre y Tierra), el mito de que una población posee una identidad biológica pura ligada a un territorio histórico que debe ser protegida de la «contaminación» exterior.

Aunque el discurso de Vox intente camuflarse bajo el paraguas de la defensa cultural, el motor ideológico es análogo: la construcción de un enemigo externo al que se culpa de la degradación del país. En sus intervenciones públicas, Abascal ha extremado esta retórica al afirmar tajantemente: «La inmigración es un proyecto de vida, la invasión es un proyecto de conquista», llegando a asegurar que el flujo migratorio «afecta a nuestra supervivencia». Al igual que el régimen alemán señalaba a las minorías para cohesionar a las masas bajo el miedo y la xenofobia, este relato sitúa al nativo en una cúspide moral frente a un «otro» supuestamente incompatible.

La península ha sido, desde tiempos inmemoriales, un territorio de aluvión. Por aquí pasaron, se asentaron y se mezclaron íberos, celtas, romanos, visigodos, judíos y, por supuesto, una población musulmana que permaneció durante ocho siglos. Pretender que las venas de los españoles de hoy —incluidas las de los propios líderes que agitan la bandera de la exclusión— son ajenas a ese pasado andalusí o morisco es negar la evidencia empírica. Los estudios modernos de genética de poblaciones insisten en que el ADN de la España contemporánea es un mosaico complejo donde la huella del norte de África y del Mediterráneo oriental es innegable y variable según la región.

El empeño de Abascal en construir una narrativa basada en una herencia lineal responde a la misma necesidad de ingeniería social y mitología política que caracterizó al Tercer Reich. El nacionalismo que bebe del imaginario franquista necesita un pasado falsificado —la Reconquista como una supuesta limpieza étnica fundacional— para justificar sus políticas de exclusión actuales.

El problema surge cuando la biología y la antropología destrozan el panfleto. Al igual que ocurría con los delirios pseudocientíficos de la Alemania de los años 30, la realidad científica desmiente la propaganda de laboratorio: fundar la identidad en una supuesta uniformidad resulta ridículo cuando compartes marcadores genéticos con las mismas culturas que tu propio discurso criminaliza.

La verdadera realidad de España no reside en una inexistente homogeneidad aria o castellana, sino precisamente en esa mezcla histórica que define su lengua, su arquitectura, sus costumbres y la propia genética de sus ciudadanos. Negar el mestizaje para vender una pureza artificial no solo es un error histórico, sino un ejercicio de cinismo político que intenta replicar los fantasmas más oscuros de la Europa del siglo XX.

Porque la historia demuestra que este tipo de retóricas supremacistas nunca se quedan en meras declaraciones de intenciones ni en propaganda electoral. Cuando la obsesión por la pureza de la sangre y la deshumanización del extranjero, siempre y cuando no sea millonario y pertenezca a la clase trabajadora, se convierten en política de Estado, las consecuencias son devastadoras. El Tercer Reich comenzó precisamente ahí: señalando al diferente en los discursos, despojándolo de su condición de ciudadano en las leyes y alimentando un odio social que culminó en el Holocausto y el exterminio sistemático de millones de judíos, gitanos, minorías étnicas, republicanos españoles, comunistas, socialistas, anarquistas, cristianos, personas discapacitadas, LGTBI… Recordar las cámaras de gas y los campos de concentración no es un ejercicio de alarmismo, sino una advertencia histórica necesaria: el racismo biológico y cultural, llevado a sus últimas consecuencias, siempre conduce al genocidio.

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