«Este Estado está inmerso en una profunda crisis, y para hacer frente a esa crisis, la extrema derecha y muchos aparatos del Estado están, en cierto modo, dando un golpe de Estado blando».
Arnaldo Otegui
Cada vez se escucha más en la calle, en los bares y en las conversaciones que se cortan cuando entra un extraño: España empieza a oler a pre-guerra civil. Hay quien se echa las manos a la cabeza, tacha el comentario de delirio alarmista y dice que es una soberana estupidez comparar el país actual con el trauma de 1936. Pero cuando uno se para a mirar el panorama con un mínimo de frialdad, la inquietud deja de parecer una paranoia para convertirse en un diagnóstico legítimo. La gran diferencia —lo que despista a los más ingenuos— es que el fascismo del siglo XXI no necesita presentarse con camisas viejas, correajes militares ni dar un golpe de Estado a la vieja usanza. ¿Para qué iban a tomar los cuarteles si les va muchísimo mejor tomando los parlamentos? Hoy les basta con sentarse en los escaños de las instituciones democráticas, esas mismas que desprecian, mientras se aseguran sueldazos públicos de cinco cifras que jamás ganarían en la empresa privada.
El verdadero motor de esta máquina no es su brillantez, sino la impunidad de la que gozan. Vivimos en un país donde una parte asombrosamente grande de los medios de comunicación, cabeceras históricas y tertulias de máxima audiencia se dedican a diario a ponerles una alfombra roja. Lo que antes era inaceptable hoy se debate con una sonrisa; lo que antes era un insulto fascista hoy se etiqueta como «opinión políticamente incorrecta».
Han montado un gigantesco artefacto de blanqueamiento masivo que normaliza la barbarie a cambio de unos cuantos puntos de audiencia o de subvenciones institucionales cruzadas. Han conseguido que el ciudadano medio consuma odio entre el café del desayuno y el informativo de la noche, anestesiando la capacidad de reacción de una sociedad que parece haber olvidado de dónde viene.
A veces, en la soledad de la noche, uno intenta autoconvencerse de que exagera. Te dices a ti mismo que estás perdiendo el juicio, que es imposible que una madrugada cualquiera se presente una jauría de nazis en la puerta de tu casa, te saquen a rastras, te torturen en un sótano y te planten frente a un pelotón de fusilamiento. Te repites que existen los derechos humanos y que esas cosas ya solo pasan en los libros de historia o en los informativos que cubren dictaduras lejanas.
Pero el autoengaño dura poco. Dura exactamente lo que tardas en encender la televisión, abrir una red social o escuchar las barbaridades que se sueltan sin parpadear desde las tribunas del Congreso. Al ver la agresividad desatada de esa derecha reaccionaria y asilvestrada, que jamás terminó de digerir la Transición y mucho menos la democracia, la duda vuelve a golpearte en el estómago. Porque si algo queda claro al verlos actuar, al escuchar sus amenazas veladas y su desprecio por cualquiera que no encaje en su idea de patria, es que a esta derecha heredera del franquismo lo único que le frena es el código penal y la pasta. Las ganas las tienen todas; solo les falta la oportunidad.
El peligro real no es que los tanques vuelvan a pisar el asfalto de Madrid o Valencia, sino la velocidad espeluznante con la que nos estamos acostumbrando a lo intolerable. Nos hemos convertido en espectadores pasivos de nuestra propia demolición. Despiertas una mañana y descubres que lo que ayer era una línea roja infranqueable, hoy ya es un tema de tertulia perfectamente válido. La distancia que separa la violencia verbal de la violencia física es peligrosamente corta, casi invisible, y la historia demuestra con demasiada certeza que cuando se normaliza el señalamiento al disidente, el siguiente paso lógico es el castigo físico. No es paranoia, ni alarmismo, ni ganas de reabrir heridas: es, sencillamente, tener memoria.
Y es que, bien mirado, el golpe de Estado tradicional ni siquiera les ha hecho falta. ¿Para qué romper un sistema que en su propio ADN arrastra las cadenas del pasado? No olvidemos que esta democracia nació con demasiadas hipotecas y concesiones, heredando estructuras enteras de la dictadura, empezando por la propia monarquía que el dictador dejó atada y bien atada como jefatura del Estado. Por eso, el verdadero golpe que se avecina no vendrá con ruido de sables, sino con el silencio de los despachos. El verdadero asalto democrático serán los recortes salvajes y la privatización despiadada de hasta el último rastro de lo público: la sanidad, la educación y los derechos que costaron generaciones conseguir. Ese es el botín que se repartirán si en unos meses llegan al poder los golpistas del coche oficial, los mismos de las mordidas, las comisiones bajo mano, los atícazos, los pelotazos urbanísticos. No vienen a defender España; vienen a saquearla, y esta vez pretenden hacerlo con el BOE en la mano y la legitimidad de las urnas.
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