27 julio 2021

A la vista de Orión

Esta fotografía datada sobre 1926, donde se ven a los niños de Agaete de la generación nacida aproximadamente entre los años 1906-1916, con sus maestros al frente, en la puerta de la iglesia, define perfectamente la tragedia que se vivió en la villa a partir de Julio de 1936 (FOTO Agaete mi pasión)

“Árbol amigo, tu sombra es una mano de ternura abierta y derramada. Tan alto y te nace a los pies a ras de hierba, dándole sin mirar, isla de la frescura y el beso de paloma, toda semblante de hoja seca y no obstante maternal hasta el fondo con la tela de araña, con el rencor de los trozos de vidrio, con la hebra sin fin de las hormigas y mi propia ballesta de deseos que ha crecido en tus brazos, y latido en tus savias y dormido en tus frutos dulces como los senos del amor y del mar”.

Pedro García Cabrera

No entendía tanta caminata para cometer un asesinato, Leandro Esposito era pintor de brocha gorda, pero en el tiempo libre se entretenía en un pequeño espacio techado con planchas de su azotea, pintando cuadros y diseñando esculturas con piedra o barro, llegó a exponer en varios ateneos de la isla, su amistad con Felo Monzón que era casi su maestro le inspiraba a seguir aprendiendo, en la Luján Pérez se hicieron maravillas con chiquillos de padres analfabetos, hijos de obreros que tenían la oportunidad de acceder a lo que siempre se les había negado desde el rancio poder colonial.

-Pero si yo solo soy pintor, escultor, no he hecho nada- les dijo a los de la Brigada del Amanecer cuando lo detuvieron a las doce de la noche.

Lo sacaron a patadas de su habitación todavía de muchacho joven, con caricaturas incipientes en la pared de un tal Picasso o dibujos inexplicables en carboncillo de un desconocido Dalí, también un cuadro indigenista regalo de su amigo Felo, pero pequeñito, dos mujeres junto a un pozo de agua con el cacharro en la cabeza bajando un callejón empedrado entre balcones canarios, un pequeño recinto junto al cuarto de sus padres que miraban azorados como se llevaban para siempre a su único hijo.

-¿Subimos más Cabrera o ya los matamos aquí mismo? Yo estoy asfixiado, casi reviento me cago en diez- dijo el viejo y gordo requeté galdense de apellido Rodríguez.

El jefe falangista lo miró con sorna y media sonrisa:

-Entre más arriba mejor, así les dolerán menos los balazos por el frío tragaldaba-

Leandro los escuchaba con la cabeza gacha, ya que si la levantaban les daban culatazos en la nuca y espalda con los máuser. No conocía a los otros dos muchachos que eran mucho más jóvenes que él, casi chiquillos de menos de veinte años, solo que uno pertenecía a la CNT por algún comentario despectivo de los falanges sobre el anarquismo y la destrucción de la unidad de España.

Poco antes del pinar de Tamadaba, todavía debajo de los inmensos acantilados, al lado de un árbol gigantesco, los pusieron a cavar una fosa, les dieron tres sachos, uno a cada uno, los tres parecían no poder abrir ni un centímetro, la baja temperatura les cortaba las venas de las manos, sabían que el agujero era para ellos, pero parecía que los tres deseaban que llegara el momento final para terminar con tanto sufrimiento.

A las cuatro horas, casi amaneciendo, los arrodillaron sin mediar palabra junto a la fosa de apenas medio metro, Leandro levantó la vista y les llamó asesino, que lo que estaban haciendo lo iban a pagar algún día, que lo miraran a los ojos y no desviaran la vista como cobardes.

Entonces sonaron los disparos de la pistola Astra y un ¡Cállate cabrón!, uno tras otro, estruendo tras estruendo, parecían truenos en un cielo despejado, donde se veía claramente la constelación de Orión como una premonición infinita.

Los tres cayeron uno sobre otro como muñecos de trapo, no tardaron mucho en taparlos con la tierra todavía mojada por el sereno de la madrugada, luego limpiaron la superficie, había dos alpargatas ensangrentadas que tiraron dentro de una retama enorme, luego comenzaron a bajar en silencio, solo el silbido del Cara al Sol del falange Romero, amenizaba la pequeña caravana de la muerte.

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