29 noviembre 2020

Adassa y el joven Tigai

– Y me vuelvo a enredar en tu cabellera negra y salvaje, te huele a salitre, a hierbas del risco remoto, al barro de los ganigos cuando brillan bajo el sol- Le dijo Adassa en un susurro al joven Tigai. 
Siglos después en el mismo lugar la arrojaban al mar los hombres de las cruces, ya no llevaban ropas de hierro, la amarraron con las sogas de los sacos de plátanos del Conde. Tigai ahora se llamaba Sebastián, ella Candelaria, el muchacho ya estaba muerto cuando atinó a mirar sus ojos abiertos, las mejillas rojas de sangre. 
Entonó el mismo rezo, aquella oración ancestral de las abuelas más antiguas, las que vinieron del norte atravesando el desierto y el trozo de mar.
– La misma muerte- pensó. – El mismo cielo nublado por el fuego de los mauser- No estaban las antorchas, ni la hoguera para quemar a los niños. Era igual de terrible, la misma maldad que vino del reino de los dioses impuestos, los más horrendos y crueles.
Ilustración: Indígenas canarios junto al mar (elcanario.net)
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