4 diciembre 2021

Amor entre el frío de otoño

"Amanecer argentino", de Carlos Alonso. Pastel al óleo sobre papel (70 x 50 cm) (Pablo Messil)

«El Gabinete Literario era de los mayores centros de tortura de la isla de Gran Canaria, era incluso peor que el de la calle Luis Antúnez, los socios de Falange que eran mayoría, lo cedieron para que allí se maltratara y asesinara a cientos de hombres y mujeres, varios fueron ahorcados o colgados por los ojos con ganchos de pescado, hoy en día es como si aquello hubiera sido siempre un paraíso para cuatro millonarios, nadie dice nada, ni una jodida placa recuerda aquel lugar del horror».

Dionisio Tejera Viera

Hacía tanto frío que el aire era helado y llegaba un momento en que no se sabía si era fuego o hielo lo que sentía Ramón Ramos, allí colgado por las piernas boca abajo el dueño de la Tintorería París, Alfredo Rivas se regodeaba en su cuerpo atlético de nadador:

-Esta fuerte el hijo de puta, es solo musculo de tanto atravesar la puta marea de la isla- dijo irónico el nazi de Las Palmas.

Luego apareció el arbitro al que conocían como «Juan Pintona» y sacó una navaja de barbero del bolsillo del mono azul manchado de sangre, la pasó suavemente por la piel del deportista y jornalero del Conde de la Vega Grande, no lo cortaba, tan solo lo acariciaba hasta que llegó a sus testículos:

-Tiene buena polla, una pena que se la vayamos a cortar si no habla- comentó el fascista mirando a los ojos de Rivas con media sonrisa.

-Dinos donde están tus putos camaradas penco, quiero direcciones, escondites, los archivos del partido-

Ramón lo mando a la mierda con el hilo de voz que le quedaba, logrando arrancar una sonrisa a los falangistas:

-Es valiente el machango este, yo creía que era maricón- dijo Rivas entre carcajadas que resonaban con eco en los pasillos del centro recreativo de la gente rica de la ciudad.

Entonces se abrió la puerta y entre dos hombres de azul traían a su madre, Carmita González, con las manos amarradas a la espalda. Venía con el labio partido, la nariz rota, el vestido negro del luto por su marido medio destrozado:

-No digas nada mi niño, yo ya estoy muerta- logró pronunciar con la voz rota, ronca, como si le hubieran metido por la garganta toda la aceite de ricino del centro de tortura del Gabinete Literario.

El nadador comenzó a gritar, a contonearse colgado, tratando de soltarse desesperado:

-Madre mía, madre mía, te quiero mucho, te quiero más que a mi alma- le dijo.

Entonces Pintona allí delante de Carmita le cortó de cuajo el pene, mientras salía un chorro de sangre que la bañó de arriba abajo:

-No digas nada mi amor, no digas nada, nos van a matar igual, resiste, esto será un ratito, yo te quiero, pero no digas nada- exclamaba la mujer.

Los nazis al ver la escena comenzaron a golpear a Ramón con barras de hierro por todo su cuerpo, se escuchaban los huesos romperse en pedazos, la carne abierta como si aquello fuera un matadero de cochinos.

Luego desnudaron a su madre y le metieron un hierro por el ano a cuatro patas, ella no paraba de animar a su hijo, de pedirle que no dijera nada sobre sus compañeros.

Los fascistas montaron en cólera, Pintona le puso una pistola en la cabeza a Carmita y le destrozó la nuca de un disparo:

-Hijos de la gran puta, cobardes de mierda, suéltenme si tienen cojones basuras humanas- les gritó Ramón.

Poco a poco fue viendo borroso, parecía que ya no había aquel frío de noviembre a pocos metros de la calle Triana atestada de gente, se quedó inerte:

-Está muerto dijo Alfredo Rivas «El tintorero», está muerto ya carajo, no dijo nada el hijo de perra-

Se le acercó a la cara para sentir su respiración y en ese instante, allí boca abajo Ramón le metió un cabezazo que le partió el tabique nasal.

Pintona le vació el cargador en el pecho al muchacho, allí quedaron madre e hijo, muertos, inertes, en el suelo, como si todavía les quedaran fuerzas para abrazarse.