Fotografía aérea 1950 con los últimos arenales de Guanarteme en la zona que hoy ocupan la avenida Mesa y López y su entorno. | FOTO ARCHIVO CONOCELAISLETA
«Desde la azotea de la casa mi madre en Las Alcaravaneras se les veía sacar cientos de muertos llenos de sangre y con mutilaciones, los vivos se arrastraban destrozados entre gritos terribles, alaridos y golpes de los falangistas. Aquello era un asombro y en aquella calle nunca más pudimos vivir en paz…»
Pinito López Alemán
A los asesinados republicanos con los cuerpos destrozados por todo tipo de brutales torturas, algunos todavía con vida, los sacaban a hurtadillas de los centros de exterminio del Colegio La Salle en Las Alcaravaneras, Gabinete Literario en Triana y Colegio Los Jesuitas en Vegueta. Todos tenían un destino para ser desaparecidos y eran La Marfea, los Pozos de Arucas, Cardones, Tenoya, Telde, sobre todo del barranco de Silva, la finca del Conde en La Noria y alrededores, la Sima Jinámar, el barranco de Guayadeque o el de Tamaraceite cerca de Guanarteme.
Los nazis falangistas isleños lo tenían muy claro: no había que dejar rastros de los miles de crímenes, aunque toda la población lo supiera, porque veían los camiones que venían cargados de hombres fusilados cada día; mañana, tarde y noche, desde el campo de tiro de La Isleta, dejando un reguero de sangre que atravesaba toda la ciudad hasta el cementerio de Las Palmas y sus fosas comunes.
Hay decenas enterrados en los arenales desde el istmo de Las Canteras hasta el parque San Telmo y la playa ya desaparecida de Triana. Estos restos humanos, aunque encontrados al revolver la arena con las excavadoras en las múltiples obras de construcción de carreteras y viviendas, acabaron entre el hormigón y el asfalto por orden gubernativa de Ayuntamiento y Cabildo:
-Bien muertos están y no es bueno remover el pasado. Algo harían- dijo una vez el jefe falangista Matías Vega.
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