«Ellos, los vencedores / Caínes sempiternos, / De todo me arrancaron / Me dejan el desierto.»
Luis Cernuda, del poema, «Un español habla de su tierra»
La sombra del franquismo es alargada, pero que en pleno siglo XXI siga proyectándose desde los más altos tribunales del Estado español no es solo una anomalía democrática; es una humillación directa a la memoria de este país. La reciente decisión del Tribunal Supremo de suspender cautelarmente el derecho al voto de miles de nietos y nietas de exiliados —bajo el pretexto de no «alterar» el censo electoral— es un golpe directo al corazón de la Ley de Memoria Democrática. Una bofetada judicial que parece redactada al dictado de las directrices y los complejos de la extrema derecha falangista de Vox, empeñada en estirar el chicle de sus teorías conspiranoicas sobre supuestos pucherazos para justificar su alergia a las urnas.
Detrás de las frías e impersonales resoluciones de los togados se esconden millones de tragedias familiares. Pienso, con un nudo en la garganta, en la historia de mi propio amigo y hermano el prestigioso profesor de derecho, Cesar Montero, allá en México. Su historia es la de tantos otros: la de una familia que tuvo que huir a la desesperada de una España gris y violenta, dejando atrás su vida, sus raíces y su tierra para que parte de su gente no terminara en una cuneta, torturada o asesinada por la represión fascista. Tuvieron que empezar de cero en la otra punta del mundo, con el dolor del desarraigo a cuestas, construyendo un futuro desde la nada pero manteniendo siempre vivo el cordón umbilical con su patria de origen.
Que ahora, décadas después, cuando la legislación por fin intentaba reparar mínimamente esa injusticia histórica devolviéndoles su legítimo y constitucional derecho al voto, la máxima institución judicial española les propine este mazazo es intolerable. Los argumentos de la sala huelen a naftalina. Hablan de «peligro real» y de «transparencia», asumiendo de forma perversa el marco mental de quienes consideran que los hijos y nietos de la emigración forzada son ciudadanos de segunda.
No estamos ante un simple debate técnico o burocrático; estamos ante una decisión política de calado que criminaliza la diáspora. Al exigir trabas documentales draconianas y paralizar la inscripción automática en el censo, el Supremo no protege la limpieza de las elecciones: lo que hace es blindar los intereses de una derecha que teme el voto de una España exterior que sabe muy bien lo que significa el fascismo.
A mi hermano César, y a los millones de descendientes de aquellos que lo perdieron todo por defender la libertad, les han vuelto a cerrar la puerta de su casa. La justicia española tiene una deuda pendiente con su propia historia, y autos como este solo demuestran que, para algunos sectores de la magistratura, la dictadura nunca terminó de morir del todo. No callaremos ante el veto. El exilio tiene memoria, y la memoria no se suspende por orden judicial.
Ese exilio, que hoy la judicatura española despacha con burocracia y recelo, fue el motor de un florecimiento cultural sin precedentes en los países de acogida. Mientras España se hundía en el páramo gris e ignorante de la dictadura, el conocimiento y el talento de los derrotados fertilizaban la otra orilla del Atlántico. México, bajo la generosa y valiente altura de miras del presidente Lázaro Cárdenas, se convirtió en el faro de la España peregrina. En tierras mexicanas, así como en Argentina, Cuba o Venezuela, los desterrados no solo reconstruyeron sus vidas rotas; transformaron las sociedades que los adoptaron.
La intelectualidad republicana española —médicos, científicos, filósofos, poetas y artistas— devolvió la hospitalidad americana con creces. Fue un exilio que fundó instituciones clave para el desarrollo del continente, como el prestigioso Colegio de México (nacido originalmente como la Casa de España), o que impulsó de manera decisiva las aulas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Nombres de la talla de María Zambrano, Luis Cernuda, Max Aub, León Felipe, o científicos de vanguardia como el neurocirujano Dionisio Nieto y el biólogo Isaac Costero, inocularon rigor, vanguardia y pensamiento crítico en los centros de saber latinoamericanos. El exilio republicano no fue una carga: fue una inyección de excelencia académica, humanismo y progreso que ayudó a moldear el siglo XX americano. Sus hijos y nietos crecieron en universidades y laboratorios fundados o enriquecidos por el sudor de aquellos desterrados a los que ahora vergonzosamente intentan negar un derecho fundamental.
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