4 octubre 2022

Casa-cueva en el pago de Pino Gordo, La Aldea de San Nicolás, Gran Canaria (FOTO: ELENA RAMOS)

«Azorados, desalados, mutilados en su alma errante, andaban lentamente por los montes sin destino, hombres destruidos que mejor hubiera sido acabaran antes en un paredón de fusilamiento, recorrían cada bosque perdido buscando no se sabe qué, tal vez la ansiada libertad de los años republicanos, la felicidad, referentes de ternura, algún abrazo, quizás el amor que desapareció para siempre».

Isabelita Pérez Muñoz, profesora y poetisa

El amanecer enterrado en la cálida pinocha del viejo bosque de Linagua no era tan frío como pensaba, los cuervos pasaban volando sobre las copas de los árboles gigantes en una fila interminable, parecían mirarlo desde aquella inmensidad entre el cielo azul de junio del 38 y la tierra seca del Bailadero de las Brujas.

Cosme Ortega, sacó de la mochila la navaja para cortar un poco de pescado salado, el que preparaban las mujeres en la playa de Guayedra, todavía olía a la mar, a barcos de pesca de dos proas, a la consigna fraterna de sus hermanos de lucha, antes de aquel sábado negro 18 julio del 36, cuando el cielo se cayó sobre la tierra y todo fue sangre y oscuridad.

Se acordó por un instante de su madre que en ese instante estaría soltando las cabras en el caserío de Pino Gordo, más abajo de la selva mágica, se le ocurrió sentirla en lo profundo de su pecho cuando le preparaba de madrugada antes de ir caminando a la escuela de La Aldea de San Nicolás aquella yema de huevo con azúcar y un pizco de ron, “nada adecuado para un niño de siete años”, como pensaba don Ramiro Hernández, el maestro asesinado por los falangistas de Las Palmas, pero que le daba la energía necesaria para bajar y subir entre riscos y pinos milenarios más de veinte kilómetros cada día.

¿Dónde iría hoy? ¿Hacía qué punto de aquel paraje perdido después de comprobar la trampa para conejos?

Se puso en pie y la herida de bala en el hombro seguía supurando, le tenía paralizada la parte izquierda de su cuerpo. Munición de máuser, el disparo que salió de la nada en la playa de El Risco cuando intentaba embarcar hacia Tenerife.

Todavía no sabía como había sacado fuerzas para llegar tan lejos, reflexionaba en silencio, mientras se remojaba la herida en el manantial de Ichazagua, que frialdad del líquido puro navegando en su carne destrozada.

Había que seguir hasta las últimas consecuencias, recitaba en silencio, mientras visibilizaba las detenciones masivas de sus compañeros, el sonido de las pistolas en todo aquel valle, como si fuera el primer día de cacería, los camiones cargados de hombres amarrados camino de cualquier pozo o agujero volcánico.

El infierno estaba en la tierra y no en el averno como contaban los curas de Falange, el sufrimiento no era la gloria eterna, sentarse a la diestra de un Dios maligno que estaba de parte de aquellos asesinos al servicio de los terratenientes del tomate, resistir era la única salida.