26 noviembre 2020

Bajo un manto de tierra colorada en Ossorio.

Cuando le preguntaron por teléfono al General, Francisco García-Escámez Iniesta, por los tres muchachos detenidos en el convento de Teror, no dudó ni un instante, se hizo un breve silencio, luego se escuchó su voz ronca de fumador empedernido: -No dicen que son guerrilleros. Pues denles café del bueno cojones- En una reacción eléctrica el sargento Buitrago de la Guardia civil reaccionó como un poseso, cuadrándose como si el militar fascista pudiera verlo, haciendo sonar sus tacones de forma ridícula uno contra el otro como una explosión: -A la orden de vuecencia mi teniente general- Dijo media hora antes de internarse en el bosque de Ossorio, los tilos parecían lagrimear, el aire olía a tierra mojada por la lluvia de enero. Cerca del pico los arrodillaron a la fuerza, los muchachos venían destrozados de varias jornadas de tortura en la pequeña ermita del camposanto de la Villa Mariana, ninguno habló ni delató a los compañeros, cuando la lluvia parecía más intensa sonaron los disparos, todo el bosque de laurisilva quedó en silencio por unos minutos, luego se vieron las lechuzas blancas, los búhos chicos, planeando en silencio sobre aquel diminuto espacio de fosa común y muerte.

(*) Relato integrado en el próximo proyecto literario de testimonios, entrevistas y micro historias sobre el genocidio fascista en las Islas Canarias. 

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