27 septiembre 2020

Batas blancas del precipicio

AFP Paolo Miranda

La gasa ensangrentada, el respirador perdido, el abuso de poder, la corrupción política, la desazón, las horas de hondura y abismo, la tristeza de la muerte, la alegría de la vida.

He vivido estas últimas semanas los momentos más duros de mi vida, he visto lo mejor y lo peor de la sanidad pública, profesionales como la copa de un pino, además de personajes que no deberían ejercer su trabajo cerca de ninguna persona enferma, seres despreciables que miran con prepotencia a los demás, que te quitan la esperanza en la humanidad.

Hoy sin embargo se me alegró el día, recibí un mensaje de una profesional a la que un día le sucedió lo mismo que a mi, ella que estuvo un mes durmiendo en desgastadas butacas de Urgencias, sufriendo momentos de tristeza, desesperación, de malos profesionales, de maltrato y soberbia en unos instantes tan duros.

Ahora está del otro lado, atiende a quienes vienen a tratar de salvar la vida, a las familias que esperan con ilusión que su ser querido salga adelante. Sus palabras me llegaron muy adentro, porque me explicó con la sensibilidad y empatía que desarrolla su trabajo, sin olvidar nunca que ella sufrió en su momento esa lacra.

Quiero agradecer desde lo más profundo del corazón a todos los profesionales de la sanidad que jamás pierden la humanidad, a Montse Ruiz por su generosidad, sus ganas de cambiar el mundo, su aportación para una sanidad pública más humana y solidaria.

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