28 julio 2021

Camisa nueva bordada en rojo sangre

Prisioneros de San Pedro de Cardeña (Burgos) haciendo el saludo fascista / FOTOGRAFÍA DE LOS FONDOS DE LA BIBLIOTECA NACIONAL DE ESPAÑA, FOTOGRAMA DE VÍDEO: SAÚL RUIZ.

«Los gritos de los hombres que estaban maltratando se oían en media ciudad de Las Palmas, entraban y salían del Gabinete como quien estuviera haciendo un trabajo, lo que hacían era destripar vivos a pobres desgraciados».

Inocencia Cantero Yedra

«(…) Llegaban siempre sobre la misma hora, más o menos las nueve de la noche, entraban sonrientes al bar Alemán de la calle Triana, las manos y los uniformes azules manchados de sangre, apestando a vísceras y tripas de los hombres que estaban torturando en el Gabinete Literario y la Comisaría de la calle Luis Antúnez, lo que es hoy el colegio La Salle en Las Alcaravaneras, pedían el plato de chochos y pejines que Ramoncito siempre tenía preparado, carne cochino frita y varias botellas de ron, algunos de los clientes se marchaban con asco cuando los veían llegar, eran como una especie de emisarios de la muerte y el crimen, el yugo y las flechas en el pecho, su olor a cadáver los delataba, su cara de soberbia, de creerse superiores a los demás. Al principio hablaban bajito, casi un susurro, pero desde que el ron comenzaba a hacer efecto gritaban, berreaban su odio, contaban lo que habían hecho esa tarde, esa noche en las cámaras de tortura: -Yo le saqué los ojos con la cuchara porque sabía demasiado- decía el conocido arbitro de fútbol Juan Pintona. Contaba Eufemiano eufórico como la anterior madrugada habían tirado por la Sima Jinámar a cuarenta y cinco hombres, que el tiro en la cabeza se lo dio en el ojo a José Tejera, decía entre carcajadas, que siguió vivo un rato con el ojo tuerto dando convulsiones en el suelo. Alfredo Rivas, propietario de la Tintorería París, se hacía el gracioso, hablando de como descuartizaron a los hermanos García de San Roque con la navajilla de afeitar, que los dos tenían la misma comida en el estómago. Allí en el bar presumían borrachos de sus aberraciones, yo no podía marcharme como hacían otros, estaba allí fregando platos y vasos mientras los escuchaba, mis ojos se llenaban de lágrimas y lloraba en silencio porque allí dentro encerrados había compañeros y amigos detenidos, golpeados, destrozados por el maltrato del fascismo canario, desaparecidos para siempre en cualquier rincón de la isla. Venían cada día como lobos sedientos, era su lugar de esparcimiento y recreo, presumían de sus crímenes como hacía el teniente Facundo Barber, contando las violaciones a las hijas de los asesinados en la finca del Conde en Jinámar, las gracias y risas del jefe falangista Antonio Samper, cuando contaba, casi recitando en voz alta como metía vivos en los sacos de papas a los hombres que tiraban al mar por La Marfea, sus gritos, los alaridos de dolor, como volaban en el abismo del acantilado marino, los cuentos de terror de Juan Aulet y Vicente Trujillo «El Mojica», describiendo como esa misma tarde habían destripado a dos anarquistas chicharreros con su navajas andaluzas, todos aquellos cabrones presumían de sus crímenes, se quedaban solos en el viejo bar, lo cerraban borrachos como cubas antes de irse de putas a la calle 18 de Julio…»

Fragmento del testimonio de Javier Guerra Rodríguez, trabajador de la hostelería en el barrio de Vegueta-Triana en los años del genocidio.

Entrevista realizada por Francisco González Tejera, el 16 de agosto de 1998, en San Cristóbal, Las Palmas GC.

Síguenos y comparte:
error20
Tweet 20
fb-share-icon20