28 octubre 2021

Cartas como balas

Autores: Alejandro Rubio Dalmati (Chile, 1913-Logroño, España, 2009) y Alejandro Narvaiza Rubio (Chile, 1940). Título: Picaos (1987)

«El mar también elige puertos donde reír como los marineros. El mar de los que son. El mar también elige puertos donde morir. Como los marineros. El mar de los que fueron».

Miguel Hernández

El minutero de los relojes parecía avanzar a una velocidad de vértigo, no quedaba tiempo para nada más que esperar el fatídico instante de la ejecución, el momento en que cada cuerpo recibiría cientos de impactos de bala ante el pelotón de fusilamiento.

Por eso los que sabían escribir se esmeraban en ayudar a los que les costaba dibujar cada silaba, todos se despedían de sus seres más queridos: las esposas, los hijos, las madres, algún padre pendiente de que pudiera llegar en el último minuto el premio del casi imposible indulto.

Matías López, elaboró al dictado de los condenados cinco textos antes de escribir el suyo, trataba de trasmitir a los tristes paisanos una tranquilidad imposible:

-Hermano no les llores en la cara, eso es lo que quieren, vernos sufrir, que nos caguemos en los calzones de miedo-

Decía con su rostro juvenil, casi un niño, mientras miraba el reloj y veía que solo faltaban dos horas para las cuatro de la tarde, hora de su fusilamiento, junto a los cuatro compañeros de Consejo de Guerra.

Entonces escoltado por dos muchachos, militares como él, conocidos del periodo de instrucción y amigos de más de un convite en las fiestas del Carmen, se dedicó a escribir la suya. La punta del lápiz se le rompió varias veces por la fuerza emotiva de sus dedos, tuvo que afilarlo con una pequeña navajilla de afeitar, hasta que el carboncillo brilló dispuesto a seguir componiendo la estructura final de su relato. Recordó a tantas personas de Fuerteventura y Gran Canaria, a su gente más cercana, a los aprendices de pintores y escultores del taller de arte Luján Pérez, a los héroes de San Lorenzo, a Carmita, su madrastra:

-Cuánto había hecho por mi-

Pensó:

-Removió cielo y tierra para evitar que este día llegara, que se acabara mi vida a manos del fascismo que esos meses estaba destruyendo España-

Matías escribió tan concentrado que en menos de media hora había rellenado cinco cuartillas:

-Mi mensaje final quiero que llegué a la clase trabajadora mundial, que sepan que un comunista canario, casi desconocido, un chiquillo de veinte y pocos años está ahora mismo ante la muerte sin miedo, con coraje, con valentía, sabiendo que esto es un crimen más de los miles, pero el asesinato de alguien que jamás se ha arrodillado ante los que han condenado a mi pueblo a comer tunera, la hora de su derrota está sonando…-

Las cartas las recogía don Ramón el cura párroco de San Pío, un hombre con cara de buena persona que no imponía con amenazas la confesión y la comunión como algunos cuervos con sotana, tan solo deambulaba por los barracones de los procesados y los consolaba, les invitaba a recibir los Santos Sacramentos y si no querían les daba un abrazo.

Matías lo saludó con una sonrisa:

-Ramoncito que no se pierdan querido amigo, que lleguen a su destino, no le podemos pedir más.

El sacerdote las recogía con los ojos teñidos de rojo por el llanto contenido, cada carta tenía su energía, eran las últimas letras de un ser humano en la Tierra, un testamento de amor, poemas descompuestos, sin orden, pero con sentido, algunos repletos de faltas de ortografía, hojas manchadas por lágrimas, todas valían, por eso el viejo Ramón las metía en su bolsita blanca, donde guardaba el Rosario y el viejo Cristo de madera que heredó de su tío el cura de Juncalillo, los instrumentos de la Extremaunción, las hostias consagradas, los caramelos para los niños de la catequesis.

Luego tan solo quedaban las ordenes militares, algún llanto o los vivas a la República, el ruido de las botas, los fusiles cargándose, el estruendo de los disparos, el olor a pólvora difuminado en el alisio.