26 mayo 2022

Celebración del crepúsculo

Melitón Manzanas, policía español durante la dictadura de Francisco Franco, colaborador de la Gestapo durante la Segunda Guerra Mundial y jefe de la Brigada Político-Social de Guipúzcoa, puesto desde el que torturó a numerosos opositores al régimen.

«A Timoteo Plaza, un militante comunista de Elizondo, le dieron una paliza tremenda. A otro de Elgoibar, Amanci Conde, que participó en la huelga del 47, casi le matan de las palizas que le dieron. Y recuerdo muy bien a Juan Aguirre, de Erandio, que cuando salió de la checa de Melitón Manzanas pesaba treinta kilos menos que cuando entró, y… Mi compañero Juancho Aguirre se estremecía contándome cómo Manzanas torturó al jefe de los anarquistas vascos, Auspicio Ruiz».

Jokin Itza

En la habitación 134 de la Clínica La Paloma en Ciudad Jardín, Las Palmas GC, llegó la noticia de la ejecución popular del policía torturador, Melitón Manzanas González, Amadita Medina, lo había escuchado en el “Diario hablado” de RNE; y lo primero que hizo fue hablarle al oído a Segundo Pérez Robayna, que postrado alzó el puño como pudo diciendo con la voz ronca de una muerte anunciada:

-Por fin cayó este asqueroso torturador ¡Gora Euskadi Ta Askatasuna!-

La muchacha y su abuelo se abrazaron entre los tubos y el suero que paliaban el avanzado estado del cáncer de páncreas. El viejo pareció rejuvenecer en un instante más de veinte años, por unas horas fue uno de los hombres más felices de la tierra, no se le iba de la cara su sonrisa de joven comunista, como si todavía siguiera en la clandestinidad de aquella Euskal Herria ocupada por la oscuridad del fascismo.

Recordó los quince días terribles en aquel sótano policial cuando Manzanas le aplastó con un martillo los cinco dedos del pie derecho, la violación de Rosita María, su frágil hermana menor, casi una niña de diecisiete años, entre cuatro policías armados alentados por el psicópata Melitón.

Fue feliz por aquel ajusticiamiento a manos de unos héroes, sabiendo que su final estaba cerca, pero que podía partir tranquilo sabiendo que el demonio del maltrato ilimitado estaba acribillado a balazos como habían hecho los franquistas con tantos camaradas.

Luego pareció entrar en un sueño profundo sin borrarse de su boca el gesto de alegría infinita, los ojos le brillaban como nunca antes de cerrarlos para siempre.