24 septiembre 2021

Cielo rojo de estrellas

ChameleonsEye | Shutterstock

«(…) Tú, además, sabías que ellas a los quince días salían y que a lo mejor se acostaban con un falangista, mientras que tú tenías una condena de treinta años y no sabías si no te iban a llevar al paredón (porque era esto por el 42 o 43, entonces seguían matando todavía y se siguió matando hasta el 45). Y lo más horroroso de la cárcel de Ventas era que en los sótanos estaba la galería de las penadas a muerte y había otra cosa más horrorosa aún. En Madrid fusilaban delante de la tapia del cementerio de Ventas, y el cementerio está detrás de la cárcel y los días que había sacas oías desde la cárcel la descarga«.

Soledad Real

María Pura Cabello Santana, llevaba días pensando la forma más rápida de morir, ya no le quedaba esperanza desde que las monjas se llevaron para siempre a su bebé de seis meses, cansada de ser una puta de aquella mafia falangista en la casa cedida por los Elder en el Monte Lentiscal.

Era una especie de mansión muy grande con muchos cultivos de uva alrededor, pero en aquellos años del genocidio reconvertida en un espacio para el ocio de toda la dirigencia del Movimiento: jefes de Falange, Guardias de Asalto, Guardias Civiles, militares de alta graduación, curas de alto rango en el obispado de Las Palmas, por allí pasaba de todo, «la creme de la creme», como le dijo un día Ofelia Suárez Inglott, que era la que llevaba el prostíbulo, una señora mayor muy exigente y autoritaria, miembro de la alta sociedad, familiar de varios jerarcas isleños con las manos manchadas de sangre.

Al principio, los primeros días de reclusión en la «casa de tapadillo» de los nazis canarios, eran terribles, eso de acostarse con varios hombres cada noche le destrozaba el alma, el asco era insoportable, era como si la rompieran por dentro, pero con los meses abrirse de piernas era la rutina, trataba de que los puteros acabaran cuanto antes, lo que no aguantaba eran las agresiones, los insultos, las palizas que los fascistas borrachos le daban si no accedía cualquier petición sexual de las más aberrantes.

Allí había un grupo de chicas de las más bellas, en su mayoría hijas y nietas de hombres republicanos asesinados y desaparecidos, además de muchachas sacadas de centros religiosos donde acogían niñas huérfanas y que las monjas vendían, ninguna pasaba de los veinte años, pero también niñas de menos de quince años, esas las tenían reservadas para los tipos más ricos, cuyas perversiones estaban asociadas a lo más diabólico que cualquiera se podía imaginar.

Al ser madre reciente a María la usaban más que a otras compañeras en las juergas nocturnas, aquellos psicópatas querían pechos grandes y si eran de mujeres que estaban dando de mamar a sus hijos mucho mejor, se las mordían, se las apretaban de forma salvaje, llegando incluso un tal José Damián Samper, que era guardia municipal en Santa Brígida y dirigente requeté, a intentar cortarle los pezones con un cuchillo canario, se salvó de milagro, por la mediación de una de las retenidas, que se lanzó sobre el borracho y le clavó un tenedor en el cuello.

A la joven salvadora al día siguiente se la llevaron en un coche negro, no la vieron más, se decía que la habían tirado a la Sima de Jinámar después de torturarla durante una semana entera en un cuarto del Gabinete Literario, según los comentarios de los que limpiaban los restos de las orgías por las mañanas, que eran empleados del cacique inglés dueño de la propiedad.

Por eso aquella noche de julio de 1939 María se había escapado desnuda por una ventana en medio de la borrachera colectiva, al caer se torció un tobillo que le produjo un grave esguince, casi arrastrándose llegó a un páramo rodeado de alambradas, no dejaba de pensar en su niño, lo adoraba aunque fuera fruto de la explotación de su cuerpo por parte de aquellos señoritos viciosos y degenerados.

Le venía a la mente la posibilidad de haberle dado una educación republicana, sin curas de por medio, con maestros de escuela tan buenos como Don Ramón Santana Nieves, que había sido asesinado pocos días después del golpe de estado en su pueblo, esos pensamientos a pesar del inmenso drama la reconfortaban.

Estuvo casi dos horas acostaba sobre el picón volcánico, miraba las estrellas que inundaban el cielo, llovía de forma tenue, no tenía frío, se podía ver hasta el color rojizo o azulado de las constelaciones.

En ese instante puso su muñeca izquierda sobre el cortante alambre de la valla que tenía a su lado, lo clavó profundamente hasta que empezó a brotar la sangre como un pequeño manantial, el líquido caliente le bajaba por el brazo, se metía en sus axilas, en sus costillas, en su vientre excesivamente delgado, así se dejó llevar, no se sentía mal, solo algo de mareo y nausea, al rato vio a su niño delante sonriente, una música de timple, como una especie de nana, hasta que se hizo la absoluta oscuridad.