24 febrero 2024

Cortar sin tregua

Mi último libro en la boca de la Sima de Jinámar (Foto de Paco Vega)

“Podrán torturar mi cuerpo, romper mis huesos e incluso matarme. Así, obtendrán mi cadaver. No mi obediencia.”

«Gandhi» dirigida por Richard Attenborough

Cuando el jefe falangista del municipio de Firgas, Tomás Latorre Palenzuela, usaba la afilada navajilla de afeitar sobre los rojos detenidos le brillaban los ojos en la oscuridad, era como si de repente aquel monstruo encontrara la felicidad arrancando lentamente las orejas y las narices de aquellos hombres sin destino.

Sus alaridos de dolor se atenuaban en la inmensidad del barranco perdido de Azuaje, allí entre la escorrentía del agua fresca y la siniestra soledad practicaba las mismas torturas que su abuelo ejercía sobre los jornaleros rebeldes a finales del siglo XIX.

El viejo desde su absoluto deterioro físico en la silla de ruedas le enseñó a cortar sin tregua utilizando conejos vivos a los que descuartizaba en su presencia mostrando a su nieto cómo hacer sufrir hasta la extenuación a un hombre.

Latorre colaboraba con el alto mando requeté, Francisco Rubio Guerra, en la venta de niños del chalet de los Rosales a la entrada del pueblo, se hicieron millonarios cuando descubrieron que aquello era un negocio redondo que iba más allá de rescatar de la crianza comunista a los pobres chiquillos, que había muchas parejas adineradas que no podían tener hijos, familias de bien dispuestas a pagar lo que pidieran.

Feliz por la fortuna amasada tras el golpe de estado aquella fría noche de enero del 37 cortaba minuciosamente las rojas aurículas de los tres muchachos de El Trapiche: Felipe, Juan y Roberto, que eran miembros de la Federación Obrera y del Partido Comunista, los sacaron del campo de concentración de La Isleta expresamente para matarlos y desaparecerlos.

No había más sentido que el odio, no podían perdonarles que hubieran sido parte de la organización de las huelgas en los tomateros de La Marquesa en el 24, seis orejas cortadas, seis narices entre el sagrado bosque de laurisilva, los restos de la tala masiva de la Selva Doramas tras la Conquista castellana y el primer genocidio.

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