30 septiembre 2020

Cuento de una vergüenza (*)

Llegó un momento en que no sabía de donde le venían los golpes, era una especie de tío vivo humano de puño en puño, de policía en policía hasta que todo se le volvió negro y como un sueño.

A Luis Carlos Rodríguez no le convencía mucho lo de sacar a los chiquillos tal como anunciaban los gobernantes, no se fiaba de nada de lo que salía en los medios informativos, le sorprendía como un día decían una cosa y al día siguiente otra, era todo tan confuso que no sabía que pensar, ni que hacer.

Solo se centraba en poder llegar sano cada día a la obra junto a Los Alisios para trabajar de sol a sol, cargar bloques y hierros, amasar mezcla y aguantar los gritos despóticos del encargado, uno al que todos llamaban Galván que era un perro, trataba mal a los compañeros, insultaba, decía palabras muy feas exigiendo un ritmo alto de trabajo.

Los niños le pidieron salir aunque fuera un ratito, Carlitos tenía cinco años y Mayte solo tres, eran todo en su vida, desde que Julia su mujer había fallecido un año antes por aquel maldito ictus que se la llevó en menos de dos horas. Desde ese día el hacía de padre y madre, su hermana Arantxa le ayudaba cuando estaba en el trabajo, sobre todo llevarlos y traerlos del colegio, ya que el entraba a las seis de la mañana a trabajar y le daba el día entero en la obra porque trataba de cubrir la enorme deuda con los bancos haciendo horas extras.

Salieron al final de la tarde y sus niños con una mochila con juguetes, se fueron directos a la Plazoleta del Cruce de San Lorenzo, allí se pusieron a jugar, había una madre más con una niña y enseguida se juntaron a corretear, Luis se quedó retraído, sentado en la esquina mirando los lagartos y viendo como los niños se inventaban historias mágicas, corrían en circulo en el pequeño espacio como si no hubiera tiempo en un mundo que parecía acabarse para siempre.

Cuando ya miraba la hora para volver a casa pasó un coche de los Nacionales a toda velocidad sin sirena, el se les quedó mirando por ver que pasaba, entonces dieron un fuerte frenazo, dentro iban tres policías que se pararon delante de la plazoleta en un segundo a marcha atrás.

-¿Qué coño hace usted aquí- le increparon con un tono muy agresivo.

Luis no dijo nada solo los miró en silencio, le costaba articular las palabras por los nervios, solo dijo:

-Salimos a dar una vuelta, es que hoy es el día que ya se puede salir.

Entonces uno de los agentes, el más alto, le dijo:

-Salir si, pero no pueden estar aquí corriendo, además los niños están juntos unos con los otros en peligro de contagiarse.

Entonces Luis sonrió levemente por el miedo y les dijo:

-Es que no se aclaran señor agente, ya no sabe uno ni lo que hacer.

Todavía no había terminado de hablar y recibió un fuerte puñetazo en la cara que lo dejó aturdido, se tocó la nariz y le salía mucha sangre, trató de mirar a los niños para decirles que tranquilos que no pasaba nada y entonces se abalanzaron sobre el entre patadas, porrazos en su cabeza, más puñetazos, hasta que cayó sin saber si aquello era realidad o no era más que sueño, pero en el suelo lo machacaron a golpes hasta esposarlo manos a la espalda con una rodilla en su cuello.

Los niños lloraban y gritaban de miedo pidiendo que no pegaran a su papá, la otra madre tomó de la mano a su niña y salió corriendo Carretera General de Tamaraceite abajo. Los policías la dejaron marchar, se querían centrar solo en Luis que seguía en el suelo con las esposas a la espalda en un charco de sangre.

La hermana de Luis llegó corriendo llamándolos salvajes hijos de puta, asesinos, entonces fueron a por ella y una de las agentes le pegó en la cara con la mano abierta, diciéndole que se llevara a los niños que su hermano estaba detenido por atentado a la autoridad.

Lo metieron en el coche, Luis recuperó el sentido, no entendía nada, era como un terremoto de golpes por todo el cuerpo, imaginaba la que se le vendría encima en comisaría. Solo les dijo que le dejaran despedirse de los chiquillos, la respuesta fueron varios codazos en su pecho y vientre que le hicieron vomitar sangre.

El coche policial salió a toda velocidad con Luis en el sillón de atrás, en ese instante comenzaban los aplausos de las 7 de la tarde en Canarias, Luis los escuchó como cada día, también la música a todo volumen de uno que daba clases de zumba online cerca de su casa. El policía de delante le decía:

-Cuidado con lo que dice ahora en comisaría o no vuelves a ver tus hijos.

Luis lloraba en silencio, las lagrimas escaldaban sus heridas y no paraba de temblar, pensaba en si podría ir a trabajar al día siguiente, evitar que lo despidieran y lo dejaran sin nada.

(*) Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

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