26 octubre 2020

Del desamparo y del oprobio

Refugiadas españolas en el Campo de Argelès-sur-Mer. Fotografía de Jean Peneff. BIBLIOTECA NACIONAL

Allí no había escapatoria mi niño, te pasabas la noche de hombre a hombre sin parar en el camastro, no tenías tiempo ni de mear, te lo hacías encima, venían muy borrachos y muchos eran agresivos, nos pegaban, nos trataban como la «basura roja» que decían que eramos.

Paquitina Fleitas Mejías

«(…) Los señores tienen que desfogarse chicas, es el descanso del guerrero, así que las quiero a todas con una sonrisa en la boca pase lo que pase, aunque estén muy borrachos y les peguen, siempre ¡Dientes! ¡Dientes! decía la madame sevillana. apodada, «La rizos», que dirigía el burdel clandestino que habían montado Falange y los militares para «desahogo» de sus mandos. Estábamos en pleno genocidio, no había pueblo, ni pago, ni barrio donde no hubieran ya asesinado, el miedo impregnaba las calles, costaba salir aunque no hubieras tenido nada que ver con política o sindicatos, cualquiera podía dar un falso testimonio de ti y te veías en pocas horas volando al fondo de un pozo con un tiro en la nuca. A las chicas nos secuestraron de las casas de nuestros padres, sobre todo de las familias donde habían detenidos y asesinados por el franquismo, a mi me mataron a mi padre y a mis dos hermanos en Guanarteme, por lo que me quedé sola con mi madre, que padecía tuberculosis en una fase muy avanzada, se estaba muriendo. Por eso a los pocos días vinieron varias damas de la Sección Femenina a casa en un coche negro de lujo, obligándome a ir con ellas a la fuerza, me dijeron que no llevara ropa que ellas se encargarían de todo: -Te vamos a poner muy guapa mi niña- La primera noche la pasé en el chalé de Los Rosales cerca del municipio de Firgas, allí traficaban con niños robados, día y noche entraban y salían bebés de todas las edades, venían familias en coches lujosos y pagaban grandes sumas de dinero al jefe de acción social de Falange, Francisco Rubio Guerra. A mi me tuvieron con una monja que trabajaba en aquel negocio en su misma habitación, de noche intentó meterse en mi cama y hacerme tocamientos, pero la rechacé, lo que provocó que me pegara una paliza con una fusta de caballo y una ducha fría. Al día siguiente me llevaron a una habitación que estaba en la azotea, en sus roperos tenía cientos de vestidos de todos los colores y precios, además de ropa interior de encaje de las más cara. Dos mujeres muy gordas y sudorosas vestidas de Falange me dieron un baño con esencias perfumadas en una bañera, luego me peinaron a su manera y me obligaron a ponerme las mejores galas, recuerdo que era un vestido azul y negro, me dieron una pitillera larga que parecía de plata, yo no fumaba, pero me pusieron un cigarro rubio en su punta. Al rato salimos en el mismo coche que me recogió en casa y me llevaron a una casa-chalet enorme y con plataneras a su alrededor, que estaba en la zona de La Atalaya de Santa Brigida, en la entrada había una inscripción y unos apellidos Manrique de Lara y de Iturgaiz. Con el tiempo supe que eran mansiones que cedían los terratenientes para el gozo y disfrute de los mandos que encabezaban la brutal represión en la isla. Al rato comenzaron a llegar coches, todos cargados de hombres, la mayoría con uniforme militar y de falange, también varios vehículos consulares con la bandera del Reino Unido y Alemania. Yo nunca había estado con un hombre a mis diecisiete años, por lo que era una pieza preciada por mi virginidad. Me tuvieron varias horas en una habitación con una cama enorme con un crucifijo gigante en la pared y una foto de Franco saludando brazo en alto. Cuando ya estaba dormida y serían más de las doce de la noche, se abrió la puerta y entró un hombre vestido de negro, no hablaba español, tenía más de cincuenta años con una cicatriz muy profunda en la frente, vi un escudo en su gorro con palabras en alemán, luego supe que era de la Gestapo. Al principio me hablaba y yo no me enteraba de nada, luego me subió el vestido y empezó a besarme, yo lo retiré de un empujón, entonces montó en cólera, empezó a gritar insultos en su idioma, me golpeó varias veces en la cara y cabeza, sacó una petaca que llevaba en el bolsillo del uniforme y me obligó a beber, era una bebida muy fuerte, yo nunca había probado el alcohol, luego me violó con mucha violencia y desprecio, me hizo de todo no solo por mi vagina, al final se levantó y se meó encima de mi, luego salió protestando por mi comportamiento lo que provocó mi primer castigo en aquel prostíbulo de lujo, allí estuve cinco años y pase por cientos de hombres, hasta que enfermé de tifus y me dejaron salir, estuve ingresada en el Hospital San Martín casi un año, mi madre había muerto no me quedaba familia en la isla, así que por si me obligaban de nuevo a prostituirme, logré salir hacia Venezuela, aquí me casé con un hombre bueno y tuve las cuatro hijas que has conocido hoy en el almuerzo…»

Testimonio de María del Pino (Pinito) Sosa Alonso, obligada a ejercer la prostitución en uno de los prostíbulos del franquismo en la isla de Gran Canaria.

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