30 septiembre 2020

Del expolio y la matanza

Fotografía que forma parte de la muestra 'El Tablero, pueblo aparcero'. | S. Pérez

«(…) Una cosa es morirse de dolor
y otra cosa es morirse de vergüenza…»

Mario Benedetti (Hombre preso que mira a su hijo)

«(…) -Ahora vamos a follarnos a tu mujer hasta que nos digas donde está el resto de la célula- dijo el sargento Corrales, cuando trajeron a Rosa Guerra casi desnuda y con las manos encadenadas. Miguel Santana Hernández se quedó helado al verla, pensó que se había marchado a La Gomera a casa de su hermana, que allí nadie sospecharía quien era, que jamás la podrían detener. Pero a pocos metros estaba Rosi con la cara ensangrentada, el cuerpo repleto de magulladuras de tenerla varios días en los alpendres del Conde en Juan Grande, por su aspecto se veía que ya le habían hecho de todo. Ella solo lo miraba a los ojos con media sonrisa, como si no le importara todo lo que estaba pasando. La desnudaron rompiéndole el escaso vestido, la pusieron sobre una vieja cama que usaban para torturar a los reos, y le ataron las piernas a cada lado del colchón de paja. Rosa le gritó: -No digas nada Miguel, yo ya estoy muerta- Entonces comenzaron a pasar la cola de falangistas y guardias civiles por ella, muchos iban borrachos, la pequeña estancia olía a ron y eructos de mojo cochino: -Tú cierra los ojos, ya me llevan violando desde hace tres días- En ese instante uno de los encargados del Conde conocido por Lopez Santana, la golpeó en el pecho con una barra de hierro, dejándola casi inconsciente. Miguel no habló no delató a los compañeros, era un tempano de hielo, ni se quejaba por los brutales golpes, violaron a su esposa hasta la muerte, luego le pegaron tan fuerte en la cabeza con las porras de madera que se desangró con la nuca abierta. Lo vimos todo desde las jaulas donde nos tenían para ser los siguientes en la tortura, yo era un chiquillo, tenía quince años, tal vez por eso no me hicieron tanto daño, pero las secuelas de todo lo que viví esos días me han seguido para siempre…»

Testimonio de Andrés Castellano Morillo, aparcero en Cercados de Espino en los años 30.

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