26 octubre 2020

Del genocidio y la dama blanca

Ilustración de Miguel Brieva. Revista Cañamo.

Nos metíamos las dosis en el Parque Blanco, compartíamos las jeringuillas, porque no había pa todos, la sangre del otro se metía en tus venas como un torrente de horror, era como un intercambio de miseria, de pobreza moral, la destrucción programada por los de arriba.

Juan Felipe Morales Dieppa

«(…) Cuando la probé por primera vez me pareció que era el mayor placer que había sentido en mi puta vida, tenía 19 años, había estado con pibas, pero aquello era lo mejor, cerré los ojos y me recosté en el asiento de atrás del coche de Juan «La Mona», los demás estaban de risas, a mi me dio por dormirme y flipar, volé por todos los universos conocidos, al menos eso pensé, ni pastillas, ni hachis, ni mariguana, ni hostias me hicieron sentir aquella sensación de libertad, de que mi cuerpo ya no era mi cuerpo, sino un trozo de meteorito flotando en el universo. A los pocos meses ya estaba enganchado, me di cuenta que olía mal, que no me bañaba y que los pantalones se me caían de lo flaco que estaba, los policías seguían repartiendo en todos los barrios de Las Palmas, ya pasamos hasta de los tripis, solo queríamos a la dama blanca, todos los colegas la buscábamos cada día en Las Rehoyas, en El Polvorín, en El Risco de San Nicólas, en el Poligono Cruz de Piedra, los que la vendían eran chivatos de los maderos, tipos sin escrúpulos que solo consumían cocaína, jamás heroína, tenían la lección bien aprendida o estaban advertidos por la gente del tal Galindo, que era el que movía desde los picolos toda el plan que venía de la CIA de drogar a la juventud, canaria, vasca, gallega, catalana…, más combativa… El mismo hijo de puta que encabezaba el GAL, el mismo que ordenó la tortura y asesinato de Lasa y Zabala, de Santi Brouard, de tantos otros vascos que luchaban por su libertad. En poco tiempo se cargaron todo, yo no aparecí más por la UPC en Triana, dejé la militancia, igual que mis colegas de La Isleta, todo era miseria humana, zombies, chiquillos que eran buenísimos jugando a la pelota, hasta varios que debutaron con la UD, que acabaron como escorias vivientes, piel y hueso, el cuerpo y la mente destrozada, lo mismo que toda la gente que militaba y que luchaba contra la base de la OTAN en Arinaga, contra la militarización de Canarias, contra la mili, contra el fascismo, contra la destrucción de las islas por el turismo, contra el caciquismo fascista, ese que tenía y tiene a nuestro pueblo encadenado, arrodillado. Yo solo vivía para la dosis diaria, llegué a robarle a toda mi familia, a mi abuela querida, a mi madre las pocas joyas que tenía, el dinero que tenia guardado mi viejo, los ahorros de la estiba. Mi vida se destrozó por completo, no quedó nada de mi, solo este saco de huesos que ahora deambula por el mundo, «El Negro», Mederos, el que un día creyó en una Canarias libre e independiente, en un mundo mejor…»

Testimonio de Antonio Mederos Padrón, víctima de la heroína en los años 80-90 en la isla de Gran Canaria.

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