26 octubre 2020

Del refugio de Punta Faneque a la libertad solidaria de Venezuela…

Imagen: Punta Faneque desde el Pinar de Tamadaba, enero 2020. (Foto: Pako González)

Imagen: Punta Faneque desde el Pinar de Tamadaba, enero 2020. (Foto: Pako González)

Fragmento del testimonio de Felipe Gil Pérez, jornalero galdense, exiliado a tierras venezolanas desde diciembre de 1936, entrevistado en Barquisimeto, en julio de 1997.

«(…) No, no, de Guayedra no salió, lo desechamos por la presencia de los falanges en toda la costa de Agaete vigilando las evasiones de la isla, al final la barcaza nos iba a recoger en la playa de Faneroque el 8 de diciembre del 36, tendríamos que nadar en la noche más de trescientos metros mar adentro en la oscuridad guiados por la farola de aceite, por eso estuvimos un mes y medio escondidos en las cuevas de Punta Faneque todos aquellos días. Recuerdo cuando bajamos desde Tamadaba como casi nos matamos intentando pasar amarrados el risco, la soga se soltó del tronco del pino quemado, nos quedamos Juan del Pino y yo colgando en el vacío casi media hora, luego Antonio «El Pollo del Juncal» nos sacó a pulso del acantilado de más de mil metros a los dos, fuerte fuerza tenía aquel hombre de espaldas anchas y más de 150 kilos de peso.
Allí nos pasábamos el día escondidos en las cuevas que daban pa Tenerife, de noche salíamos pal Tagoror y nos sentábamos a conversar y ver las estrellas, se veían las luces de Tenerife, pensábamos cuantos hombres y mujeres estarían también allá como nosotros escondidos buscando salir pa que no los mataran aquellos fascistas asesinos. Como era época de lluvia no faltaba el agua pa beber y alimentarnos del gofio amasado, esa fue nuestra alimentación aquel mes, con un par de cajas de madera de sardinas saladas que racionamos una mitad cada día por cabeza, hasta el día de la bajada, nunca se me olvida cuando nos metimos en el agua fría de la playa que pertenece al municipio de Artenara, aquella lucecita lejana allá lejos, parecía imposible llegar, nadamos casi tres horas, por momentos nos hundíamos en el bravo mar de invierno, hasta que unas manos fuertes y solidarias nos sacaron del océano, para envolvernos en mantas, temblábamos como perros chicos, sabíamos perfectamente que no tocaríamos tierra hasta llegar a Venezuela, nuestra nueva aventura (…) «
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