5 diciembre 2020

Desde aquellos ojos puros

Pintura de Castelao, "Todo pol-a Patria, a relixión e a familia", de la colección "Atila en Galicia".

No dejaron mujer sin violar, el tabaquero los ordenaba, el mismo seleccionaba a las mujeres que más le gustaban, pasar por su manos era casi la muerte, acabar destrozada por dentro y por fuera, en el cuerpo y el alma.

Rosita Amador Cabrera

«(…) Ellos volvieron a la noche siguiente después de llevarse a los muchachos, yo se lo dije a Carmita Deniz, que aquello no iba a acabarse con la muerte de los hombres, llegaron como fieras en dos coches grandes y negros, recuerdo que uno era un Ford de Eufemiano Fuentes, tocaron en las puertas dando gritos y salieron las mujeres, yo era una niña de nueve años y me puse agarrada al delantal de mi madre entre llantos, fueron metiendo a las mujeres una a una en la casa de Concha Pineda, borrachos como cubas, se dedicaron a pegar y violar a las esposas de los detenidos, aquello era un escándalo, mataron a los perros a tiros para que no ladraran de puro miedo por los chillidos, casi aullidos de las pobres chicas. El mayordomo del tabaquero que era un tal «Pariente» de Pino Santo era el más animal de todos, nos azotaba con la pinga de buey, maltrataba a todas las mujeres diciendo que -Ahora van a probar la polla de un falangista y no van a querer más las pollas de los rojos- Yo me libré de milagro, porque a Adoración Benítez que tenía tres años más que yo también la violaron. Quizá por yo ser tan pequeñita no se atrevieron, a mi amiga la destrozaron, al día siguiente murió por los desgarros y las hemorragias. Venían muy borrachos de Santa Brigida, del bar de Perico Viera, donde ser reunían las Brigadas del Amanecer de la zona Centro de la isla, antes de salir a cometer los crímenes, el tabaquero los dirigía y el sadismo era terrible, porque antes de tirarlos a los pozos o agujeros volcánicos los torturaban casi hasta la muerte, pero no eran torturas para sacar información, era por hacer daño, por generar un dolor indefinible antes de matarlos. El componente de odio de clase era feroz, odiaban por odiar, solo porque eramos pobres, porque nuestros padres y hermanos habían luchado por sus derechos antes del golpe de estado del 36. La noche terminó con todas las mujeres violadas, mi madre me decía que solo le habían pegado, que no había pasado nada más, pero yo sabía que por ella y las demás habían pasado los ocho falangistas. Nunca más la vi sonreír, a los pocos días nos llegaron noticias de que los hombres no estaban ni en La Isleta ni en Gando, que ni los llevaron a los campos de concentración, que los había desaparecido seguramente la misma noche de la detención. A partir de ahí se habló en susurros en mi casa y en cada familia del pago, nos mirábamos cuando nos encontrábamos en el Pilar de agua donde lavábamos la ropa, la sangre se limpió de las sábanas de la cama de Concha, nunca más pudimos superar la noche más triste de nuestra vida…»

Testimonio de Rosarito Vega Rosales, maestra de escuela en la isla de Lanzarote, vecina en su infancia del municipio de Santa Brígida en Gran Canaria.

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