1 octubre 2020

El amor invencible de Adela Tejera

Adela Tejera era una mujer muy bella, morena, con la piel
negra y brillante, un hermoso pelo enredado que se confundía entre las banderas
rojas, recorría las calles de Tamaraceite lanzando consignas contra el fascismo,
por el comunismo, por la liberación de la clase trabajadora.

Su amado Juan Torres se quedaba en casa, aunque
respaldaba las ideas libertarias de la mujer de su vida, cuidaba de los chiquillos,
mientras ella encabezaba los mítines junto a otras dirigentes obreras, como
Rosa García y otras mujeres que solo de nombrarlas estremecen el alma.

En los almacenes de tomates de Los Betancores en Los Giles,
en las plataneras del antiguo Valle de Atamarazayt, donde su voz sonaba más fuerte
que el resto, alzaba el puño y gritaba por la emancipación de las mujeres, por
el voto femenino, por la República, por la libertad, por la democracia, por los
derechos negados a un pueblo canario esclavizado por una oligarquía corrupta y
criminal.

Por eso la mañana del domingo 19 de julio del 36 no tuvo
miedo y salió a la Carretera General de Tamaraceite con su bandera roja, se
unió a la partida de mujeres y hombres heroicos que pedían por la justicia
social, contra el fascismo, contra un golpe de estado que ya recorría cada
rincón del territorio archipielágico como una mancha negra, oscura, siniestra, casi
rojiza de sangre obrera masacrada por aquellas bestias vestidas de azul, por
sotanas asesinas, por militares genocidas que encabezaron un holocausto que se
llevó por delante las vidas de más de 5.000 canarios.

A la valiente Adela la detuvieron frente al Ayuntamiento
de San Lorenzo, cuando llegaron los camiones repletos de falanges esa mañana de
domingo de julio subiendo desde Las Palmas, pegando tiros al aire, medio
borrachos, sedientos de sangre, dispuestos a cometer la mayor matanza de la
historia de Canarias después del genocidio indígena de lo que luego llamaron “Conquista”,
“Encuentro de culturas”, cuando no fue más que una carnicería para quedarse con
unas tierras que no les pertenecían.

El jefe falangista Penichet arrodilló a la pobre Adela con
las manos atadas a la espalda y le rompió el vestido rojo dejando sus pechos al
aire, le dio una violenta patada en la cara y quedó tirada entre un charco de
sangre, mientras el cojo Acosta, Paco Bravo, los guardias Pernía y Juan Santos,
reían a carcajadas apurando los últimos tragos de una botella de ron del charco.

-¿Nos las follamos a todas estas putas rojas juntas en el
salón de plenos del alcalde comunista?- Dijo en tono burlón el moro Ahmed, el
resto siguieron golpeando a las mujeres y hombres detenidos, puestos en fila
contra la pared con las pingas de buey y las varas de acebuche, un grupo amplio,
como de setenta mujeres y hombres, todos vecinos de Tamaraceite, con las ropas manchadas
de sangre.

Adela fue condenada a muerte en consejo de guerra, luego
a los pocos meses le conmutaron la pena por cadena perpetua, estuvo cuatro años
en la prisión de Barranco Seco entre chinches y comida basura, Pepe su hijo de
seis años iba a verla los sábados en los hombros de su padre, Adela
lo miraba con sus ojos brillantes con mucho amor, el pelo rapado, una especie de fardo como
vestido con un número en la espalda, los brazos y las piernas repletos de
moretones.

Ahora Pepe con 87 años, los mismos que tiene la República
no la puede olvidar, sigue con su sonrisa, la misma de Adela, recorriendo las
calles del pueblo, me lo encontré por causalidad este lunes de mayo, la lucha
sigue me dijo, el pelo enredado, la bandera roja, la solidaridad, la esperanza
de un mundo mejor, la liberación de las cadenas de la opresión, sabe bien que
la historia se repite.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

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