27 octubre 2021

El bisturí de Avellaneda

Pintura de Ernest Descals (Métodos de tortura Escuela Mecanica Armada Argentina)

 “Aquellos que niegan Auschwitz estarían dispuestos a volver a hacerlo”.

Primo Levi

«(…) El capitán Avellaneda procedía de Valencia, lo solía decir orgulloso en las borracheras del bar de oficiales: -De Argemesí, machote, terrateniente y matarojos- decía cuando se juntaban los militares que partipaban en los tribunales de los Consejos de Guerra, celebrando las cientos de condenas a muerte. Llamaba la atención su crueldad extrema porque se presentaba en las comisarías cuando menos se esperaba borracho como una cuba, en esos lugares donde se torturaba de forma masiva por parte de civiles, el oficial pedía novedades al falangista que en ese momento estuviera de servicio, este se cuadraba y le decía cuantos hombres y cuantas mujeres estaban en ese momento siendo torturadas y vejadas -¿Cuántas muchachas jóvenes?- preguntaba con media sonrisa, luego se metía en las salas donde estaba radicado el infierno. Allí entre hombres colgados por las piernas, otros ya muertos, ahorcados, suspendidos del techo por los ojos con ganchos de pescado, el capitán parecía disfrutar como pez en el agua. Se sumaba «a la fiesta» como el decía, sacaba del bolsillo de la chaqueta un pequeño bisturí y participaba en las torturas con una destreza casi de cirujano, cuando sacaba los ojos de los reos o les rajaba la carne para sacarles las tripas todavía vivos: -Aprendí en mi tierra donde al jornalero de la Ribera Alta que se rebelara lo sacábamos de su casa de madrugada y en cualquier hacienda lo hacíamos pedazos- manifestaba entre carcajadas. Siempre olía a bebida desde muy temprano cuando llegaba al cuartel de La Isleta, era asiduo de prostibulos y de bares que cerraban casi por la mañana. Kiko Avellaneda fue de lo peor que conocí en mis años de suboficial, tenía en los ojos un brillo de asesino, de psicópata, de amargado, que disfrutaba con el sufrimiento ajeno, violador si se terciaba, capaz de todo para satisfacer sus ansias de sangre, incluso ya enfermo de aquella cirrosis que se lo llevó con menos de cuarenta años, seguía torturando y participando en todo tipo de crímenes…»

Testimonio de Roberto Arocha Santos, sargento de artillería en Las Palmas durante los años del genocidio.

Fragmento de la entrevista realizada por Francisco González Tejera, el 29 de marzo de 2003, en el barrio de Madera y Corcho, Las Palmas GC.