25 noviembre 2020

El hueco del infierno

Topo de Mijas (Málaga), el alcalde republicano, Manuel Cortés, escuchando la radio que le acompañó en sus 30 años de encierro.

«Volví a Málaga al acabar la guerra, con ánimo de presentarme en Mijas y empezar mi vida. Pero mi mujer -Juliana Moreno López- me convenció de que me escondiera. Y me he escondido. Ahora el pasado día veintiocho de marzo escuché por la radio el decreto del Consejo de Ministros por el que han prescrito las acciones de la guerra; después lo he leído en el periódico y por fin hoy me he presentado en el Cuartel de Natera, de la Guardia Civil de Málaga»

Manuel Cortés Quero

«(…) Desde aquel hueco en el suelo vi pasar la vida durante veinte años, cuando entré pensé que sería por unos meses, pero aquello se fue complicando, mi hija María Rosa me iba dando noticias de que la isla era una carnicería, miles de hombres estaban siendo asesinados, en su mayoría desaparecidos en cualquier oscuro agujero, yo también vivía en un agujero, pero estaba vivo, no tenía espacio casi pa moverme, tenía que caminar agachado todo el tiempo porque no había más altura de 1,20 m, había veces, sobre todo los primeros meses que me daba mucha ansiedad, sentía que me reventaba por dentro, que iba a explotar en cualquier momento, varias veces estuve a punto de salir de allí, salir a la calle y correr hacia el mar desde los riscos de Barranco Seco, respirar la brisa marina, revolcarme en la arena de la Playa de Triana, meterme en el agua fría como hacíamos antes del 36. Pero me contenía, no había nada pa tomar que pudiera serenarme, quitarme aquel fuego que tenía dentro de mi cabeza, entonces me daba por tumbarme, luego me levantaba, me volvía a tumbar, caminaba agachado, dos metros pallá, dos metros pacá, era insoportable y lo que hacía mi hija era hacerme una tila, así la pasé hasta que todo nervio fue desapareciendo, aquel espacio se me hizo incluso confortable, me entretenía leyendo todo lo que me traían, leí de todo, desde Tolstoy a Lenín, pasando por todo tipo de novelas del Oeste Americano, sobre todo las de Estefanía. Me imaginaba en el desierto de Arizona con dos pistolas en el cinto unido a los Indios en su lucha contra el exterminio, me sentía en el submarino de las 20.000 leguas de Verne, me acostaba boca arriba o de lado, no sabía como ponerme y llegaba a ver aquellos seres monstruosos, ballenas gigantescas, calamares gigantes luchando contra los cachalotes, cientos de delfines que se acercaban a mi ventana imaginaria, jugando entre ellos con aquellos sonidos que parecían risas de niño. Esa era mi vida, la comida una vez al día, luego cerrar el portalón de piedra y madera, varias vueltas de llave, imposible salir aunque quisiera, la humedad que se me quedó metida de por vida en las narices, veía como mi hija se iba haciendo más vieja, fue dejando de ser una muchacha alegre, culta, hermosa, morena de ojos marrones, para convertirse en una señora muy madura, triste cuando venía de dar clase en aquel colegio monjas de Vegueta, nunca pudo tener su vida por mi culpa, nunca pudo tener novio, ni imaginar casarse con ningún hombre por si me delataban. Recuerdo cuando salí del infierno que ella ya no tenía salud ni esperanza, murió a los dos años de mi liberación, el cáncer se la comió, ya nadie se acordaba de mi, no sabía caminar por la calle, iba agachado durante muchos años por si la cabeza me tropezaba en aquel techo de piedra, sentía que seguía bajo tierra, no había horario, no había noche, no había día, así toda mi absurda vida, sigo soñando que estoy dentro…»

Testimonio de Suso (Nombre ficticio), más conocido como «El topo de San Juan».

Entrevista realizada por Francisco González Tejera, el 14 de febrero de 1997, en el barrio de San Roque, Las Palmas GC.

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